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Se enamoraron en la escuela, una confusión los separó y una publicación en Facebook permitió que se reencontraran 38 años después

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Hay un detalle que Gabriel todavía recuerda con una precisión asombrosa. No fue el primer beso ni la última despedida. Fue la forma en que ella lo miraba mientras ensayaban para el acto escolar. Entre cinco o seis alumnos que practicaban canciones patrias con sus guitarras, sentía que esos ojos marrones se detenían sobre él de una manera distinta. No sabía explicarlo, pero estaba convencido de que allí había algo más que una simple compañera de colegio.

Lo que ninguno de los dos imaginaba era que ese romance adolescente iba a durar apenas unos meses, que un malentendido los separaría cuando todavía eran casi unos chicos y que tendrían que pasar 38 años para descubrir que ninguno había dejado de guardar al otro en algún rincón de su memoria.

En 1980, Gabriel tenía 16 años y acababa de empezar segundo año en LEPONA, la Escuela de Educación Secundaria N° 2 Brigadier Francisco Ramírez, en Lanús Este. Fabiana, tres años menor, cursaba primer año. Él había repetido un grado y, sin saberlo, ese tropiezo escolar terminaría cambiando el rumbo de su vida.

La música fue la responsable del encuentro. Gabriel llevaba la guitarra a todas partes. Había crecido entre una abuela concertista, otra profesora de piano y una mamá dedicada a la danza clásica y española. Aunque más adelante elegiría un trabajo estable antes que la bohemia, desde muy chico descubrió que lo que lo hacía feliz era escribir canciones.

Gabriel y Fabiana en la adolescencia. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)
Gabriel y Fabiana en la adolescencia. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)

Fabiana también tocaba la guitarra. No venía de una familia de músicos, pero disfrutaba del arte y, cuando Campeta, la profesora de música, preguntó quién quería participar en el acto del 25 de Mayo, levantó la mano casi sin pensarlo.

Hasta ese momento nunca se habían hablado. Las aulas estaban una al lado de la otra, pero el destino no los había cruzado. Fue durante los ensayos cuando empezaron a conocerse. Compartían tardes enteras practicando junto a otros seis alumnos seleccionados.

Balderrama era el tema elegido que, en plena dictadura militar argentina, enseñarlo en las escuelas tenía un significado político: podría ser un acto de resistencia cultural silenciosa como un símbolo de lo prohibido. Así, mientras practicaban la bella zamba, hablaban de música, de guitarras y de cualquier excusa que les permitiera seguir conversando.

“Yo la vi y notaba que ella me miraba distinto a las demás personas, sean chicas o chicos, lo que sea, veía algo distinto”, confiesa Gabriel. Ella también sintió que había algo especial desde esos primeros encuentros. Hasta que de repente ocurrió algo que ninguno de los dos olvidaría jamás. “Fue nuestro día mágico: estábamos ella y yo solos”.

Habían llegado antes que el resto. La Campeta todavía no había aparecido y el aula estaba vacía. Gabriel tocaba la guitarra mientras Fabiana, sentada sobre un pupitre, lo observaba en silencio. “Yo estaba tocando por un lado y ella estaba sentada arriba en un escritorio y me miraba, me miraba y digo: ‘Voy a hacer lo que no sé si se corresponde, pero lo hago’”, revive la escena.

Gabriel dejó el instrumento a un lado, como preparando el instante único que cambiaría su eternidad, y caminó con paso firme hacia ella: “¡Me acerqué y le di un beso!”, anuncia todavía sin creer su propia desfachatez. Fue el primer beso de Fabiana. “Un beso pasional”, aclara entre risas la mujer que en aquella aula tenía apenas trece primaveras. “Me quedé congelada. No entendía nada”. Gabriel tampoco tenía demasiada experiencia, pero sintió que aquel beso era la manera más honesta de decir lo que ya no podía esconder.

Gabriel y Fabiana, 38 años después. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)
Gabriel y Fabiana, 38 años después. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)

Ese mismo día, sin declaraciones formales ni promesas, el chico de 16 de blazer gris y corbata con la niña de guardapolvo blanco empezaron un noviazgo que cabía entero entre los recreos, los ensayos escolares y las caminatas después de clases. “Lo que pasa es que yo con mis 13 años parecía mucho más grande porque crecí de golpe. Ya medía 1,61 m”, explica, como si la madurez tuviera algo que ver con la altura.

La realidad es que Fabiana había sufrido una pérdida temprana de esas que alteran el orden de las prioridades: su padre había fallecido cuando ella tenía siete años. “Vengo de una mamá viuda; la pasamos complicado”, resume, por fin, de dónde viene su precocidad.

Todas las tardes repetían el mismo ritual. Salían del colegio, hacían una cuadra por Avenida 9 de Julio hasta Gral. Ferré para quedarse un largo rato en la Plaza Sarmiento. Después caminaban juntos siete cuadras hasta la estación de Lanús, donde tomaban el colectivo 283 B2. “A mí me dejaba como a 15 cuadras, pero no me importaba. Plata no tenía, mi mamá me daba lo justo para dos colectivos, así que me venía caminando montones de cuadras para estar un ratito más con ella”. Gabriel acompañaba a Fabiana hasta casi la puerta de su casa. Le parecía que esos kilómetros valían la pena si conseguía regalarle unos minutos más antes de despedirse. La actitud es el detalle.

Los dos, de nuevo juntos. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)
Los dos, de nuevo juntos. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)

“Era un caballero. Con Gabriel me sentía contenida, protegida, cuidada. Siempre estaba pendiente de mí”, remarca a su caballero en aquel entonces. Él tampoco duda cuando intenta describirla: “La veía tan buena, tan inocente, que pensaba: ‘Ojalá nunca se cruce con gente que quiera aprovecharse de ella’”.

Tenían 16 y 13 años y su noviazgo estaba atravesado por la inocencia de esa edad. No había nada sexual: eran manos entrelazadas y besos. “No había nada zarpado. Era el amor platónico con besos”, relata Fabiana y enseguida Gabriel se cuela para aportar: “Besos muy top”. Un amor adolescente, intenso pero todavía ingenuo, de esos que parecen tener todo el futuro por delante. Lo verdadero se despliega con suavidad y tiempo.

Su historia transcurría en una época distinta. No había celulares ni redes sociales. Tener teléfono fijo en sus casas era un lujo con el cual no contaban. Y a Fabiana “no la dejaban” salir sola con él. Por eso su mundo eran los recreos, las plazas, los actos escolares y las canciones que Gabriel escribía casi todos los días.

Una de ellas dedicada a Fabiana. La llamó “Chiquilla rubia”. Un recreo llevó la guitarra al colegio y decidió cantársela. Había trabajado durante semanas en esa melodía que hablaba de la piel clara de la chica que lo había enamorado. Cuando terminó de recitar la primera parte, levantó la vista esperando encontrar una sonrisa. Pero Fabiana, abrumada por la vergüenza, dio media vuelta y salió corriendo.

Gabriel y Fabiana, juntos. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)
Gabriel y Fabiana, juntos. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)

Gabriel sintió el gesto como un rechazo. “Me sentí desilusionado y abandonado”. Ella jamás imaginó que esa reacción pudiera lastimarlo. Poco después llegó diciembre, terminaban las clases y habían quedado en que él iría a visitarla a su casa. Gabriel apareció con un amigo y, al mejor estilo mariachi, se presentó con la guitarra colgada al hombro. Soñaba con pasar la tarde junto a ella. Pero las cosas no salieron como esperaba.

La madre de Fabiana, viuda desde hacía años y todavía atravesada por las dificultades de criar sola a sus hijos, recibió al adolescente con mucha distancia. “Me sentí despachado, como un paquete de galletitas”. Hacía apenas unos meses, la viuda había vivido otro sacudón familiar cuando una hija mayor había quedado embarazada siendo muy joven y la idea de que su hija de apenas 13 años tuviera novio la llenaba de temor. “En esa época quedarse embarazada era crucificarse”, cuenta Fabiana intentando comprender el pasado, y concluye sin rencor pero con cierta pena retroactiva: “Esa fue la cuestión que nos separó”.

Gabriel permaneció unos pocos minutos. “Yo quería verla, estar cerca, no quería otra cosa”, dice resignado. Sintió que lo estaban despidiendo. Regresó a su casa con una tristeza que todavía hoy recuerda. Esa Navidad, mientras el resto de la familia celebraba en el fondo de la casa, él se apartó con la guitarra y terminó de escribir “Chiquilla rubia”. Sin saberlo, también estaba escribiendo una despedida. “Guardo la fecha de mi despedida de acá —dice mientras se da unas palmadas en el pecho—, de mi despedida de corazón, el 25 de diciembre del 80”. Para él, la historia había terminado.

Gabriel y Fabiana: 38 años después, el amor que nunca se fue. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)
Gabriel y Fabiana: 38 años después, el amor que nunca se fue. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)
Gabriel y Fabiana, juntos hoy. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)
Gabriel y Fabiana, juntos hoy. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)

Para Fabiana, en cambio, recién empezaba una espera que nunca entendió. El corte no anunciado. Al menos no para Fabiana. “Durante todo el verano esperé que Gabriel volviera a buscarme”. Creía que, tarde o temprano, aparecería otra vez en la puerta de su casa con la guitarra al hombro. Pero eso nunca ocurrió.

Cuando empezaron las clases, la ilusión seguía intacta. Pensó que apenas lo viera, podrían hablar y entender qué había pasado. Sin embargo, Gabriel ni siquiera la miró. No la saludó; la evitó en los pasillos del colegio. “No me dio ni cinco de bolilla”. Nada.

Ella no entendía. Lo que jamás supo fue que él había tomado una decisión desesperada. Como no quería lastimarla diciéndole en la cara que daba por terminada la relación —convencido de que el problema era la oposición de la madre y no ella—, le pidió a un compañero que le transmitiera un mensaje. “No quería partirle el corazón”. Entonces le pidió que le dijera que no quería seguir. Pero el mensaje nunca llegó. Y así nació un malentendido que iba a durar casi cuatro décadas.

Cuando, meses después, Fabiana descubrió que Gabriel estaba saliendo con otra chica, sintió que el golpe era definitivo. “Todo en el colegio se sabe”. No había explicación. Solo un silencio imposible de entender. Cada recreo se convirtió en una tortura. Cada vez que Fabiana lo veía de lejos con la guitarra rodeado de compañeros, se escondía detrás de sus amigas para que él no la descubriera. Se sentía humillada y “muerta de vergüenza”.

Gabriel veía movimientos extraños en el patio, escuchaba gritos y corridas, pero jamás imaginó que todo ese revuelo tenía un único objetivo: ocultar a la chica que todavía seguía enamorada de él. Recién 38 años después entendería qué estaba pasando en aquellos recreos.

Hasta que en una oportunidad volvieron a quedar frente a frente. Fue casi por casualidad. Gabriel salía del laboratorio cuando la vio entrar. La agarró del brazo. “Tenemos que hablar”, alcanzó a decir. Pero Fabiana se soltó de inmediato. “Yo estaba ofendidísima”. Y siguió caminando sin mirar hacia atrás. Ninguno de los dos sabía que esa sería la última vez que se verían durante casi cuarenta años. Los años que siguieron en el colegio, Fabiana jugó a las escondidas: “Se vivió ocultando de mí hasta el 84 que terminamos las clases”.

Después llegó la vida. Gabriel se casó con quien formó una familia, tuvo tres hijas y siguió escribiendo canciones. Fabiana también se casó, fue mamá y armó su propio camino. Lo curioso es que, sin saberlo, ambos se casaron en 1989 en Lomas de Zamora, en el mismo registro y la misma catedral. Con una diferencia de nueve meses, un parto.

Los años pasaron. Los teléfonos reemplazaron las cartas. Internet llegó para quedarse. Y el primer amor quedó guardado en algún rincón de la memoria. Aunque nunca desapareció del todo.

“A partir del año 94, tengo la suerte de que me pude comprar mi primer auto, un auto usadito, y dejaba de ir en tren para pasar con el auto todos los días por la puerta de la casa de ella”, cuenta el enamorado, haciendo referencia a la misma puerta de la calle Rosales 1908 en Remedios de Escalada, en donde se sintió “despachado”.

“Miraba a ver si la encontraba. Habré pasado durante veinte años, ya perdí la cuenta”, dice con la nostalgia de un tanguero, y de repente anuncia algo clave: “¡Hubo un par de veces que la vi! En una oportunidad vi que había un cartel que decía Fabi Coiffeur. ‘Ah, ¡es peluquera!’, digo. Y a mí me remordía la conciencia bajar, saludarla y que ella me diga, ‘¿Qué haces acá?’, despectivamente, ¿no? Porque yo tenía en la cabeza lo que le había dicho a mi compañero, eso me perturbaba demasiado y no me animaba a bajar”, relata Gabriel casi sin respirar.

Hasta que una tarde de 1999 se decidió: paró el 504, bajó y fue detrás de la chica de sus sueños. Pero Fabiana, sin sospechar que el amor la seguía, se metió rápido en la esquina donde vivía su tía. Aunque su costado salvaje lo animó, Gabriel se inclinó por el lado racional, justo ese que se lleva bien con el miedo: “No, no puedo aparecerme y golpear la puerta. Sería un maleducado, muy desubicado”. Y se marchó.

A comienzos de los años noventa, Fabiana también intentó buscarlo. “Había algo que siempre me llevaba a acordarme de él”. Agarró las gigantes guías telefónicas. Encontró el apellido de su novio del colegio y, emocionada, llamó. Pero quien atendía era una mujer. Intuyó que Gabriel estaba casado y decidió no volver a insistir. Cortó el teléfono convencida de que ya era demasiado tarde.

Los mensajes que dos años después, reconectaron a Gabriel y Fabiana. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)
Los mensajes que dos años después, reconectaron a Gabriel y Fabiana. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)

Ninguno imaginó que volverían a encontrarse. Hasta que ocurrió algo insignificante para cualquiera, pero decisivo para ellos. En 2016, un excompañero había escrito en la página de Facebook de la escuela: “Gabriel, ¿te casaste con Fabiana al final?”. Así, de la nada. Él respondió que no. Que aquella historia había terminado en 1980. Pero el comentario quedó flotando entre cientos de publicaciones.

Dos años después, una noche de otoño en la que no podía dormir, Fabiana empezó a recorrer esa misma página. Leía publicaciones viejas para distraerse. De pronto apareció aquel mensaje. El nombre de Gabriel volvió a saltarle delante de los ojos. Respiró hondo. En lugar de escribirle directo, dejó un comentario general proponiendo que los exalumnos organizaran un reencuentro. Confiá en las señales y vas a empezar a creer en la magia.

Esa misma noche, Gabriel tampoco podía dormir. Cuando vio la notificación, volvió a vivir. Sintió un impulso imposible de contener. Empezó a escribirle por Messenger. Después le pidió el WhatsApp. Y las conversaciones comenzaron como si nunca hubieran dejado de hablar.

Lo curioso era que ambos estaban atravesando momentos muy difíciles. Gabriel acababa de separarse y volvía a vivir en la casa de su mamá. Fabiana también estaba recién separada, viviendo en Necochea.

Los mensajes que dos años después, reconectaron a Gabriel y Fabiana. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)
Los mensajes que dos años después, reconectaron a Gabriel y Fabiana. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)

Y hacía solo dos meses Gabriel, devastado por todo lo que estaba viviendo, le había rezado al más allá: “En un momento crucial mío, se produce algo mágico. Te lo juro”. Deshecho, hizo un pedido que todavía hoy le cuesta explicar. “Herido, tiré un decreto al Universo. Pregunté, ‘¿Cómo hubiese sido mi vida con Fabiana?’”, dice totalmente quebrado, y con un hilo de voz promete: “Y fue así… Yo lo pedí con una fuerza que no sé de dónde salió… y a los dos meses aparece el comentario de ella”. El universo le contestó.

Durante semanas hablaron todos los días. Recuperaron años enteros en conversaciones interminables. Se contaron qué había sido de sus vidas, de sus familias y de los caminos que habían recorrido sin el otro.

Hasta que decidieron verse. Gabriel todavía no sabía cómo iba a hacer. Entre el trabajo y la distancia, el reencuentro parecía complicado. Una noche, mientras hablaba con su mamá, le contó que había vuelto a comunicarse con la novia que había tenido en 1980. Ella escuchó en silencio y, cuando supo que Fabiana vivía en Necochea, no dudó: “¿Y qué esperás? Andá a buscarla”. Ese consejo terminó inclinando la balanza. Días después, Gabriel se subió al auto rumbo a la ciudad costera para volver a abrazar a la mujer que no veía desde hacía 38 años. Los nervios eran totales.

Cuando la puerta se abrió, ninguno salió corriendo a besar al otro. Primero se abrazaron. Un abrazo largo. Necesario. Silencioso. “Habremos estado media hora abrazados”. Larga vida a los que aprietan muy fuerte cuando abrazan. Porque hay abrazos que parten los miedos. “Yo sentía cuando su corazón se aceleraba o cuando su corazón estaba tranquilo”.

Los besos llegaron después. Pero ese abrazo fue suficiente para confirmar que el tiempo había pasado para todo menos para ellos. “Después hubo besos y todo lo que te imaginás”. Entonces sus cuerpos por fin se conocieron desnudos.

Gabriel podía quedarse apenas unos días. Terminó regresando a visitarla el fin de semana siguiente. Y el siguiente. Hasta que ya no tuvo sentido seguir viviendo separados. “Sé que soy una persona mayor. Pero siento que con ella no tengo 62. Soy más joven, me siento más joven, me hace sentir joven”, define el flechazo.

Ese mismo año, Fabiana dejó Necochea y se mudó a Banfield para empezar una nueva vida junto al hombre al que había besado por primera vez siendo una adolescente. “Me pidió casamiento, ni bien nos volvimos a reencontrar”. Pasaron cosas por las cuales no pudieron concretar en aquel momento pero en diciembre de 2022 cumplieron otro deseo pendiente. Se casaron. “Uno cuando promete cumple”, sonríe Gabriel.

Fabiana y Gabriel durante su casamiento. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)
Fabiana y Gabriel durante su casamiento. (Foto: gentileza Fabiana y Gabriel)

Hoy viven en la misma casa donde Gabriel había pasado su adolescencia. Allí remodelan ambientes, hacen planes, salen a caminar y hablan de un futuro. Con los años entendieron que el verdadero milagro no había sido volver a encontrarse, sino recuperar una sensación que creían perdida para siempre. “Estar juntos es volver a la adolescencia. Volver a un lugar donde nada duele, donde todo pasa, donde las carencias no se sienten y las necesidades parecen desaparecer. Eso es lo nuestro: el reencuentro de la adolescencia”.

Cuando Fabiana intenta explicar qué significa Gabriel en su vida, la respuesta parece resumir todos esos años perdidos: “Es mi amor desde la adolescencia. Mi amigo, mi compañero, mi confidente. Es la persona con la que siempre tendría que haber estado”. Él sonríe antes de responder: “Con ella vuelvo a tener 16. Después de tantas cosas dolorosas que me dio la vida, la recompensa fue volver a encontrarla. Sentimos que tenemos que vivir todo lo que no pudimos durante estos 38 años”. Magia no es que sea perfecto; magia es que sea verdadero.

Porque a veces un beso en un aula vacía no alcanza para cambiar una vida. Pero sí puede esperar casi cuatro décadas, sobrevivir a una confusión y encontrar, cuando nadie lo espera, el camino de regreso.

Fuente; TN

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