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Trabajó en un cementerio de 95 hectáreas y reveló cómo es la convivencia diaria con la muerte: “Ahí vamos a estar todos algún día”

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Trabajar en un cementerio implica mucho más que permanecer dentro de un lugar donde descansan personas fallecidas. Los cuidadores y vigilantes cumplen funciones diferentes, recorren grandes extensiones, caminan entre las tumbas, conocen la ubicación de nichos, fosas y bóvedas y deben actuar frente a situaciones que muchas veces pasan desapercibidas para quienes visitan el lugar.

La diferencia entre el rol del cuidador y el del vigilante

A simple vista, el trabajo dentro de un cementerio puede parecer reducido al mantenimiento de las instalaciones y el cuidado de las sepulturas. Sin embargo, las funciones se dividen según las responsabilidades de cada trabajador. Mientras el cuidador se ocupa de tareas relacionadas con el mantenimiento y el cuidado de los espacios, el vigilante tiene otras obligaciones vinculadas con el ámbito de la seguridad.

Entre las tareas del cuidador se encuentran el parquizado, la pintura y la limpieza, además del cuidado de nichos, fosas, galerías y bóvedas. El vigilante, en cambio, desarrolla labores específicas de vigilancia para prevenir robos o sustracciones dentro del predio. Según el testimonio de Oscar Varela, extrabajador en el Cementerio de la Chacarita, entre los elementos que pueden ser objeto de robo se encuentran placas de bronce, huesos y dientes, además de otras pertenencias de valor que son enterradas con sus dueños.

Una de las dificultades de esa tarea se presenta en el momento en que se produce una sustracción, por lo que es necesario localizar dónde fueron escondidos los elementos. En un lugar de dimensiones importantes, la búsqueda puede convertirse en una tarea extensa. El Cementerio de la Chacarita, por ejemplo, tiene alrededor de 95 hectáreas, por lo que recorrerlo a pie y encontrar un punto determinado requiere conocimiento del espacio y experiencia.

Trabajó en un cementerio de 95 hectáreas y reveló cómo es la convivencia diaria con la muerte: “Ahí vamos a estar todos algún día”
Trabajó en un cementerio de 95 hectáreas y reveló cómo es la convivencia diaria con la muerte: “Ahí vamos a estar todos algún día”

Ese saber constituye otra de las partes menos visibles del oficio. Tener noción de dónde está cada parcela, manzana, nicho, galería o bóveda es fundamental para quienes trabajan diariamente en el cementerio. Con el paso del tiempo y casi de forma automática, los trabajadores incorporan una especie de mapa mental del lugar que difícilmente pueda adquirir alguien que solo lo visita de manera ocasional.

La organización de las jornadas también se construye a partir de la experiencia. No existe una rutina idéntica para todos los días, sino que el trabajo se vuelve cotidiano de forma progresiva: quienes pasan años dentro del mismo lugar aprenden qué hacer, qué evitar y cómo actuar frente a determinadas situaciones.

Los días de mayor movimiento y las situaciones que pasan desapercibidas para los visitantes

La cantidad de personas que ingresan a un cementerio no se mantiene constante durante todo el año. Hay fechas en las que la actividad aumenta especialmente, como el Día del Padre, el Día de la Madre y el Día de los Muertos. En esas jornadas, muchas personas que no suelen acercarse durante el resto del año concurren para visitar a sus seres queridos.

Para los trabajadores, esos días tienen una particularidad: los visitantes suelen llegar con la intención de encontrar rápidamente la parcela o el lugar donde está enterrado su ser querido, permanecer allí y retirarse. Esa concentración de personas modifica el ritmo habitual y vuelve más intensa una jornada que, durante otros momentos del año, puede transcurrir con mayor tranquilidad.

Pero hay una dimensión del oficio que no se relaciona con la cantidad de visitantes, sino con lo que significa trabajar a diario rodeado de la muerte. Los sonidos, los olores, las situaciones que ocurren dentro del cementerio y, especialmente, aquello que sucede durante la noche forman parte de los aspectos más difíciles de afrontar.

Trabajó en un cementerio de 95 hectáreas y reveló cómo es la convivencia diaria con la muerte: “Ahí vamos a estar todos algún día”
Trabajó en un cementerio de 95 hectáreas y reveló cómo es la convivencia diaria con la muerte: “Ahí vamos a estar todos algún día”

Para quienes trabajan allí, el cementerio deja de ser solamente un lugar al que se concurre para despedir o visitar a alguien. Con el tiempo, el espacio se vuelve parte de la vida cotidiana. “El cementerio los atrapa”, explicó Varela al describir cómo los trabajadores terminan sintiéndose parte del lugar, aunque siempre desde una posición de respeto hacia quienes descansan allí.

Esa adaptación no significa que la muerte deje de generar impacto. No se aprende a convivir con ella de una manera definitiva, sino que se aprende a adaptarse a las diferentes situaciones que aparecen. Lo cotidiano termina modificando la relación con aquello que para muchas personas resulta excepcional.

El trato con las familias y la importancia de respetar el silencio

Uno de los aspectos más delicados del trabajo aparece en el contacto con las personas que visitan a sus familiares fallecidos. El vínculo no está determinado solo por la función del trabajador, sino también por la manera en que cada visitante atraviesa el duelo.

Varela explicó que, cuando una persona visita con frecuencia a un ser querido, puede establecerse con el cuidador una cercanía que incluso llega a adquirir cierto grado de cariño y familiaridad. El trabajador está allí durante momentos que pueden repetirse durante años y termina reconociendo a algunas de las personas que ingresan regularmente.

Sin embargo, acompañar no significa necesariamente hablar. Una de las principales enseñanzas que incorporó Varela durante su experiencia fue, precisamente, aprender a callar. En un momento de dolor, una palabra pronunciada de manera incorrecta puede profundizar una situación que ya resulta difícil para quien acaba de afrontar una pérdida.

No existen, según su experiencia, códigos formales para saber cómo tratar a una persona en duelo. Lo que se desarrolla es la capacidad de observar y comprender determinadas señales. Incluso cuestiones vinculadas con los procedimientos dentro del cementerio pueden requerir esa sensibilidad. Observar a una familia permite entender cuándo es necesario actuar rápidamente, cuándo conviene esperar o cuándo es mejor apartarse. En esos momentos, el trabajo no pasa únicamente por cumplir una función determinada, sino por interpretar una situación humana extremadamente delicada.

Trabajó en un cementerio de 95 hectáreas y reveló cómo es la convivencia diaria con la muerte: “Ahí vamos a estar todos algún día”
Trabajó en un cementerio de 95 hectáreas y reveló cómo es la convivencia diaria con la muerte: “Ahí vamos a estar todos algún día”

Así, detrás de las recorridas, la limpieza, el mantenimiento y la vigilancia existe un aspecto del oficio que resulta difícil de explicar desde afuera: la necesidad de aprender a estar sin invadir. Los trabajadores forman parte de la dinámica cotidiana del cementerio, pero deben hacerlo respetando el silencio y el dolor de quienes llegan allí.

Un oficio marcado por la rutina y la muerte

El trabajo de un cuidador o vigilante de cementerio combina tareas prácticas, conocimiento del espacio, vigilancia y contacto permanente con personas atravesadas por el duelo. Muchas de esas funciones permanecen ocultas para quienes ingresan solamente unos minutos para visitar una tumba.

La experiencia modifica la manera de percibir el lugar. Lo que para un visitante puede representar un espacio excepcional y cargado de emociones, para los trabajadores se convierte también en un ámbito cotidiano que requiere atención, responsabilidad y respeto.

Aun así, la adaptación nunca significa acostumbrarse por completo a todo lo que sucede allí. La muerte sigue formando parte de las situaciones que enfrentan diariamente, pero el paso del tiempo permite incorporar esas experiencias como parte de la vida misma.

En ese sentido, uno de los aspectos más particulares del oficio aparece en una certeza que atraviesa a quienes trabajan dentro de un cementerio: el lugar que hoy es el destino de otras personas también representa, en algún momento, un destino inevitable para todos. Esa convivencia permanente con la muerte convierte a un trabajo que suele pasar desapercibido en una experiencia que excede las tareas visibles y obliga a desarrollar una particular forma de mirar, actuar y, muchas veces, simplemente guardar silencio.

Fuente: Radio Mitre.

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