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Vendimia 90: El brillo de los actos frente al ocaso del surco

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Este sábado, Mendoza celebrará la 90ª edición de la Fiesta Nacional de la Vendimia. Lo que nació en 1936 como una celebración del trabajo se ha transformado en nuestra principal credencial ante el mundo; una puesta en escena que proyecta una imagen de pujanza, brindis y prosperidad. Sin embargo, detrás de los cerros iluminados del teatro griego y el desfile de las cortes, la realidad de la Mendoza profunda —esa que se transpira en las hileras de San Rafael y el resto de los oasis— atraviesa uno de sus momentos más críticos y contradictorios.

La fiesta llega en medio de una tensión salarial que amenaza con empañar el festejo oficial. Mientras los discursos celebran «el vino nuevo», los trabajadores de viña y bodega califican de «miserable» la propuesta paritaria, denunciando ingresos que no alcanzan a cubrir la canasta básica. Algo similar ocurre con los empleados estatales de la provincia, quienes también podrían manifestarse por sus sueldos.

El panorama económico se agrava con una caída sostenida en el consumo de vino, tanto en el mercado interno como en las exportaciones. El cambio en los hábitos y la pérdida del poder adquisitivo han puesto en jaque la rentabilidad de las bodegas.

Pero quizás el dato más inquietante de esta Vendimia 90 sea la aparente intención gubernamental de variar la matriz productiva de la provincia. El foco oficial parece desplazarse de la agricultura hacia la minería, bajo la premisa de que el modelo vitivinícola ya no es suficiente. Este giro plantea un interrogante de fondo: ¿estamos asistiendo al principio del fin de una Mendoza agrícola -y vitivinícola, en particular- para dar paso a una provincia extractivista?

Si el Estado decide apostar por el subsuelo en detrimento de la inversión en infraestructura hídrica o lucha antigranizo y apoyo al agro, la fiesta de este sábado podría empezar a sentirse como una despedida. Celebrar noventa años de tradición es un hito de orgullo, pero para que la Vendimia siga teniendo sentido, debe existir una política que proteja al hombre del campo. Sin una vitivinicultura rentable y con trabajadores dignificados, la fiesta corre el riesgo de convertirse en una cáscara vacía; un recuerdo de una Mendoza que fue. Que ya fue.

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