El más importante despliegue militar contemporáneo francés en el exterior es el de la llamada Operación Barkhane que ha estado desplegada desde el 2014, conformada por unos 4.500 efectivos militares franceses que han operado en el llamado Sahel, esto es en un cinturón africano que enlaza al Continente Negro de este a oeste y está conformado por los territorios de Mauritania, Mali, Burkina Faso, Níger y el Chad, a los que, en conjunto, se suele designar como el G-5 Sahel.
Es evidente que ella tiene mucho que ver con el complicado pasado colonial francés. El Sahel, recordemos, es una zona predominantemente desértica, del tamaño de Europa.
El inicio de la asistencia militar francesa se remonta, concretamente, a un pedido expreso del gobierno de Mali, efectivizado en el año 2013, cuando le solicitara apoyo militar a Francia para poder detener y defenderse de una intensa ofensiva “jihadista islámica” realizada entonces contra su capital, la ciudad de Bamako.
Los terroristas del Sahel operan desde hace rato ya en la convulsionada región de Lipako-Gourma y aún sostienen pertenecer, algunos, al Estado islámico y, otros, a la siempre perversa Al Qaeda o a otras organizaciones que teóricamente son algo menores, aunque estén unificadas en torno al mismo enloquecedor e irresponsable fanatismo.
Ellas no han podido, hasta hora al menos, generar apoyo popular significativo, debido esencialmente a la violencia feroz y descontrolada con la que todas ellas operan, la que naturalmente genera un gran rechazo entre la mayoría de la desprotegida población civil.
Esos castigados pobladores rechazan también la presencia de fuerzas militares extranjeras, a las que, bien o mal, atribuyen el peligroso efecto de atraer y alimentar la violencia islámica doméstica.
Allí trabaja, asimismo, una muy difícil “operación de paz” desplegada por fuerzas convocadas por las Naciones Unidas, a la que se ha dado en llamar: Minusma, que ha estado integrada por unos 13.500 hombres con cascos azules y por un par de miles de efectivos policiales.
Ellas, no sin limitaciones, ayudan a paliar la que, en los hechos, ha sido una larga y peligrosa gangrena violenta que ha castigado, muy duro, a los pueblos locales que, además de estar enfrentados entre sí desde hace décadas por razones claramente étnicas, viven sumergidos en la mayor pobreza y, por ello, en la escasez miserable de todo.
Ola de desaliento
La ausencia de avances visibles en dirección a la pacificación ha generado una vez más una ola de desaliento, como suele suceder con frecuencia cuando todo se dilata y demora.
Particularmente, si se tiene en cuenta que nada menos que 20.000 efectivos militares extranjeros no han podido vencer a unos desordenados 3.000 milicianos terroristas que, además actúan relativamente dispersos entre sí.
La degradación del clima general de seguridad en el ha desalentado notoriamente a los gobiernos franceses, que han decidido finalmente dejar sin efecto su enorme esfuerzo militar en el territorio del Sahel, seguramente conscientes de que el mismo puede, de pronto, transformarse en un nuevo y peligroso Viet Nam para el país de los galos. A lo que algunos denominan muy gráficamente, como efecto Saigón.
Otros, por su parte, prefieren comparar al Sahel con Afganistán, pantano del cual los EEUU se han retirado paulatinamente, por razones que tienen algún parecido con las ahora invocadas por Francia para poner fin a su presencia militar decisiva.
Los interrogantes son varios y bien graves.
Primero, ¿podrían las tropas de los Estados que componen el llamado Sahel asumir, sin contar con un fuerte y constante apoyo castrense externo, la difícil tarea militar preventiva y represiva a la vez, que desde hace rato se requiere?
Lo dudo mucho. Especialmente si para ello hay necesidad de coordinar adecuadamente la tarea a enfrentar entre todos ellos.
Cabe tener muy presente que fue precisamente la absoluta incapacidad del ejército de Mali de resistir, pese al entrenamiento francés, los embates terroristas del islamismo fanático en el año 2012, la que generó la necesidad de poner en marcha, en enero del 2013, lo operación que entonces nació con el nombre de Serval, que derivara, un poco después, en la que luego fuera la reciente Operación Barkhane.
Algo bastante parecido ha sucedido, cabe apuntar, en las paralelas rebeliones islámicas violentas acaecidas en el Chad, que sólo pudieron ser relativamente sofocadas con la activa intervención de la aviación militar francesa.
Todo lo antedicho con la honrosa excepción, quizás, de lo que tiene que ver con Mauritania, donde el ejército local parece haber tenido un bastante razonable buen desempeño en el terreno, frente al impacto de azotes y aventuras terroristas islámicas similares.
Segundo, por su imprescindible participación en la tarea urgente de repeler y controlar al islamismo violento, las cúpulas de las fuerzas armadas de los países del Sahel están, ellas mismas, inmersas -con constantes tentaciones y ambiciones de concretar y asumir poder político- en el siempre cambiante ámbito la política local, desarticulando así el juego normal de las que son las instituciones centrales de la democracia como forma normal de gobierno y estructura ideal para la convivencia social.
La amenaza constante para los propios pobladores del Sahel es la de quedar, ellos mismos, empantanados por largo rato en una autocracia religiosa islámica. Limitados, entonces, en sus libertades personales y en rigor sometidos a la voluntad de los clérigos fanáticos islámicos, que les proponen tan sólo seguir viviendo en el pasado, enterrados en el “salafismo” y rechazando así, de plano, la modernidad.
Queda visto que, particularmente para la juventud local, las opciones son, desgraciadamente, muy estrechas y, más aún, casi desesperantes. Ella de alguna manera quedaría sentenciada a ser gobernada por la Sharia, esto es nada menos que por la ley religiosa musulmana, con su conocido arco iris de interpretaciones severas o laxas, muy distintas.
Tercero, a todo ello se suma el riesgo inmenso de que la seguridad de la propia Francia quede de pronto afectada. Con sus cientos de miles de inmigrantes africanos expuestos a ser contagiados por el fanatismo proveniente de sus respectivos países de origen, participando en previsibles atentados en tierra gala, alimentados por los resentimientos del deplorable pasado colonial francés, que ciertamente no ha desaparecido, ni se ha evaporado de los corazones de muchos.
Por lo antedicho no puede excluirse que un fracaso militar en la indispensable tarea de pacificación del “Sahel” africano alimente y hasta expanda las corrientes migratorias de aquellos que, desde África central, procuran escapar a la miseria y poder dejar atrás los ambientes paupérrimos en los que hoy viven, carentes de una mínima cuota de previsibilidad. Todo lo que deriva en querer vivir en Francia.
Lo que equivale a tener que vivir sin prácticamente ninguna certeza respecto de su futuro, lo que para muchos es una opción comprensiblemente inaceptable. Tanto para ellos, como para sus respectivas familias. Por ello las constantes y conmovedoras caravanas.
Fuente: La Prensa







