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La salud mental de los políticos y las enfermedades de la política

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Demasiadas veces, la fórmula presidencial en nuestro país ha funcionado con frecuencia más como una alianza de conveniencia electoral que como un equipo de gobierno cohesionado. Cuando la desconfianza mutua desplaza a la cooperación institucional, la tensión deja de ser un problema del espacio oficialista para transformarse en un factor de inestabilidad republicana.

El reciente e inusitado intercambio entre el Gobierno nacional y la vicepresidenta Victoria Villarruel representa un punto de inflexión. Las descalificaciones públicas vertidas en redes sociales sobre la salud mental y la capacidad del presidente Milei, sumadas a la posterior exigencia de renuncia por parte del jefe de Gabinete, Diego Santilli, exponen una fractura que excede el folklore político y afecta directamente el funcionamiento de las instituciones.

Frente a este escenario, cabe interrogarse sobre la entidad y las consecuencias de las posturas en pugna. La preocupación expresada por la vicepresidenta respecto de la templanza y el estado emocional del jefe de Estado encuentra asidero en la retórica presidencial, caracterizada por un estilo impulsivo/agresivo, el uso recurrente de la confrontación y de figuras polémicas en plataformas digitales y la validación de acusaciones sin el debido sustento institucional. Sin embargo, la vía elegida para canalizar esa crítica desnaturaliza la investidura que representa. Que la segunda autoridad de la República apele a diagnósticos informales e imputaciones de «persecuciones imaginarias» a través de un mensaje público no constituye un acto de responsabilidad institucional, sino una estrategia de distanciamiento político que bordea la desestabilización interna.

La continuidad de Villarruel en el cargo plantea un dilema constitucional y político de envergadura. Desde la estricta legalidad, la vicepresidenta fue electa por el voto popular y encabeza un poder independiente como el Senado de la Nación; no es una funcionaria designada de manera discrecional que deba responder al arbitrio del Gabinete. Sin embargo, en el plano de la praxis política, ejercer la vicepresidencia desde una abierta oposición al programa de gobierno genera una parálisis operativa. Gobernar implica construir gobernabilidad, y mantener la segunda magistratura en permanente colisión con el Ejecutivo desgasta las instituciones que se deben preservar.

Por su parte, la exigencia del jefe de Gabinete, Diego Santilli, solicitando la renuncia de la vicepresidenta, resulta comprensible desde la lógica de la cohesión gubernamental. Un ministro coordinador no puede permitir la erosión sistemática de la autoridad presidencial desde las entrañas del propio espacio. No obstante, al asimilar el cargo electivo de la vicepresidenta al de un funcionario removible, el Poder Ejecutivo incurre en una lectura errónea del diseño constitucional, confundiendo la lealtad partidaria con la legitimidad de origen que otorga las urnas.

Esta disputa en las alturas del poder central no se agota en un debate abstracto sobre la calidad institucional; sus esquirlas impactan de manera directa en el entramado productivo y social de todo el país. En un contexto económico donde la estabilidad de precios y el crédito son vitales para sostener la actividad regional, la muestra de desgobierno e internismo feroz en el plano nacional retroalimenta la desconfianza de los mercados y ralentiza cualquier atisbo de recuperación en las economías regionales.

La vida democrática exige discrepancia y debate, pero sobre bases de respeto orgánico. La transformación del conflicto político en un espectáculo vergonzante de agravios cruzados solo profundiza la distancia entre los problemas urgentes de la ciudadanía y las prioridades de la clase dirigente.

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