La definición formal de “tradición” determina que esta es cada una de aquellas pautas de convivencia que una comunidad considera dignas de constituirse como una parte integral de sus usos y costumbres. La tradición suele versar genéricamente sobre el conocimiento y también sobre principios o fundamentos socioculturales selectos, que por considerarlos especialmente valiosos o acertados se pretende que se extiendan en el tiempo. Así, unas generaciones los transmitirán a las siguientes a fin de que estas se conserven, se consoliden y se adecuen a nuevas circunstancias.
En comunidades como la nuestra, las tradiciones suelen estar ampliamente extendidas. Nuestra idiosincrasia y nuestro carácter –que los foráneos consideran hasta conservador– hacen que nos vayamos transmitiendo esos usos y costumbres entre las generaciones.
Asimismo, en una zona productiva primaria como la nuestra, las actividades “de campo” tienen una amplia recepción en el resto de la comunidad. Desde los modos en que se trabajan las fincas hasta cómo se elaboran sus productos, esas conductas han trascendido en el tiempo y se han establecido como paradigmas a seguir, incluso en los habitantes citadinos.
El admirable desarrollo que vislumbrara nuestro ámbito productivo en sus albores hizo que sus “formas” llegaran hasta nuestros días. Sin embargo, el correr del tiempo ha hecho que nuevas técnicas y conocimientos científicos puedan –y deban– utilizarse para optimizar esas prácticas.
Desde técnicas de riego, protección de los cultivos, hasta el asociativismo o los cuidados que deben tenerse desde lo bromatológico para realizar conservas, por caso, el presente depara aportes que deberían ser tomados en cuenta y utilizados para mejorar.
Ni todo tiempo pasado fue mejor ni todo lo viejo es malo. Dejar de lado los dogmas y buscar una mayor y mejor capacitación parecieran ser fundamentales para que los valiosos aportes que nos ha brindado la tradición puedan ser enriquecidos con aquellos datos que la modernidad nos otorga.




