Con el grito de “Viva la Libertad carajo», las promesas de “dolarizar los sueldos», la “baja de precios”, «cortarse un brazo antes que subir un impuesto» y “eliminar a la casta que endeudó al país”, Javier Milei sustentó su campaña presidencial para llegar al sillón de Rivadavia.
A poco más de 9 meses de su presidencia, todos sus slogans se incumplieron, salvo el de la famosa “motosierra” que sigue horadando a la ya maltrecha industria, educación, salud y jubilaciones argentinas.
El interrogante es qué nos depara como país este extraño gobierno tan ajeno a la realidad argentina. Sus agresivas y fastuosas declaraciones y su auto apercibimiento de “destructor del estado desde adentro” son, entre otras situaciones perturbadoras, una experiencia que destroza las endebles bases y consensos que existían en nuestra patria.
Todo es incertidumbre, el futuro del país, su soberanía, y el de sus más de 47 millones de habitantes. Nadie reniega de la necesidad de ordenar cuentas, pero ¿en base a qué procedimiento, en qué plazo y a qué costo? son las incógnitas que angustian a la sociedad.
Las promesas, a medida que trascurren los meses, parecen cada vez más vacías. El cielo, celeste de esperanzas, se llena de nubes que van tornándose cada día más oscuras.
El “león” que rugía de ganas por enfrentar a la casta, terminó convirtiéndose en su aliado. La política que iba a pagar el ajuste sigue gozando de los beneficios y los vicios acostumbrados, mientras que el sector trabajador y productivo es el que carga en sus espaldas el aumento de impuestos, que abarca desde el costo de la energía hasta el más bajo canon del monotributo.
La pérdida del poder adquisitivo golpea fuerte al ciudadano de a pie. Ni qué hablar de los jubilados, a quienes les rechazó un aumento de tan solo 13 mil pesos, «triunfo» que después celebró comiendo un suculento asado con los 87 «héroes» que apoyaron su despiadado veto, incluyendo a los cuatro radicales que «sedujo» en unos días para que dieran vuelta su voto. Todo sustentado en un discurso de orden macroeconómico, que no apareció cuando ordenó destinar 100 mil millones de pesos como «gastos reservados» para los Servicios de Inteligencia, o la inexplicable compra de 24 aviones de guerra usados, fabricados por EE.UU en 1980, y ahora van por vehículos blindados de guerra, submarinos y otros, cuando en nuestro país no existe hipótesis de conflicto bélico.
“Quieren gobernar un país que odian”, es una frase que se empieza a repetir en algunos sectores. El discurso “anti argentino” del presidente y su séquito más cercano marca un precedente inédito para un primer mandatario.
El idilio con su idolatrada Margaret Thatcher y su vilipendio a la gesta de Malvinas, muestran un alineamiento irrestricto con Inglaterra, que incluyó hasta la entrega a escondidas de reservas de oro del Banco Central, que tomó estado público por la denuncia del gremio bancario (algo que siembra más dudas sobre la tan proclamada transparencia de los actos de gobierno).
Rechazando una histórica posición argentina, el gobierno se ha mostrado totalmente subordinado a la política de Israel (incluso flameando la bandera israelí en múltiples ocasiones públicas). En un hecho inédito, nuestro país decidió no apoyar la declaración de las Naciones Unidas sobre una salida pacífica a la masacre inflingida por Israel a Palestina y liberar los territorios ocupados, en un contexto donde más de 42.000 civiles palestinos, la mayoría mujeres y niños, han sido (y siguen siendo) masacrados por las miles de toneladas de bombas estadounidenses lanzadas desde aviones por los israelíes.
El texto de la ONU, aprobado por 124 votos a favor, 14 en contra (entre ellos Israel, Estados Unidos, Hungría, República Checa y Argentina) y 43 abstenciones, «exige» que Israel «ponga fin sin demora a su presencia ilegal» en los territorios palestinos y que lo haga «a más tardar 12 meses después de la aprobación de la presente resolución».
Este enfoque “desequilibrado” en temáticas internacionales, puede llevarnos a conflictos innecesarios y sumamente peligrosos en el contexto en el que vive Argentina: más de 7 millones de niños viven en situación de pobreza y la mitad de la población del país está sumida en esta condición. Mientras algunos funcionarios juegan al “TEG” y Milei multiplica sus viajes privados partidistas por el mundo con dinero de todos nosotros, la crisis económica se profundiza. La pérdida del poder adquisitivo de los salarios es notable, mientras que los adultos mayores ven cómo sus jubilaciones se reducen y les quitan el acceso a medicamentos.
Asimismo, la tan mentada “libertad” queda solo en palabras. La represión a los que reclaman, la prohibición a la información pública de los actos de gobierno, el ataque sistemático del presidente al periodismo y la grosera persecución de los “escuadrones de trolls” contratados por ellos para fustigar a quienes “piensan diferente”, se multiplican.
Mientras algunos piden más tiempo y elijen «creer”, los nubarrones tormentosos parecen cada vez más cercanos.
En medio de una realidad convulsionada, los “compatriotas” enfrentan un futuro incierto, marcado por la creciente desigualdad y la falta de atención a las problemáticas urgentes que los afectan en su día a día. La pregunta que queda abierta es: ¿qué pasará con los argentinos bajo un liderazgo que parece haber perdido el rumbo y la nacionalidad en su búsqueda del tan mentado “cambio”?







