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Cuando la crisis llega a la psiquis

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La crisis que atraviesa la Argentina actual corre el riesgo de ser analizada únicamente bajo el prisma de la economía, como si el malestar social fuera un simple reflejo de la falta de dinero. Sin embargo, lo que también observamos es -quizás como consecuencia de las penurias económicas- un fenómeno profundo y oscuro: una crisis de salud mental que desborda las variables de ajuste. Estamos frente a una ruptura del contrato de convivencia básica, donde el odio se ha vuelto un lenguaje omnipresente y la desorientación existencial parece ser el signo de una época que ha perdido sus brújulas.

Hay una toxicidad ambiental que se respira en las «cloacas digitales», esas redes sociales que han pasado de ser herramientas de conexión a ser cámaras de eco para la agresión y el linchamiento virtual. En este ecosistema de hostilidad, la salud mental se degrada minuto a minuto. El ciudadano promedio se encuentra atrapado entre la urgencia de su bolsillo y un discurso público que, desde las más altas esferas del poder, ha abandonado la templanza republicana para abrazar la violencia como método de gestión. Cuando el insulto y la descalificación son la norma en el nivel dirigencial, el tejido social se deshilacha, validando la agresión en cada rincón y cada día.

El fenómeno de las amenazas de tiroteos en los colegios no es solo una consecuencia de la pobreza; es el grito de una anomia cultural. Es el síntoma de una juventud que habita en el vacío, bombardeada por estímulos de éxito inmediato y consumismo, pero carente de contención emocional y de un horizonte de propósito.

El aumento en el consumo de psicofármacos —ansiolíticos para soportar el día y antidepresivos para tolerar la realidad— nos habla de una sociedad que está intentando «anestesiar» un dolor que no es solo económico, sino espiritual. La soledad, el aislamiento tras las pantallas y la pérdida de los lazos comunitarios tradicionales han creado un caldo de cultivo donde los suicidios y las crisis de pánico dejan de ser casos aislados para ser una estadística alarmante.

El ajuste mental que vive la Argentina es, quizás, más peligroso que el financiero. No habrá recuperación que valga si no somos capaces de desactivar la bomba de odio que hemos instalado en el centro de nuestra convivencia. Argentina necesita volver a ser un lugar donde el respeto no dependa del saldo bancario, y donde la salud mental sea entendida como la base necesaria para cualquier reconstrucción. El primer paso para sanar no es solo bajar la inflación, sino bajar los decibeles de una violencia que nos está dejando a todos a la intemperie.

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