Padre José Ceschi
El diálogo, como toda actividad humana, exige una predisposición interior y un aprendizaje. La predisposición incluye una capacidad mutua de abrirse a las ideas y a los sentimientos del otro. El aprendizaje se va dando en la medida que cada uno aprende a escucharse y a expresarse mutuamente.
Si las personas adultas encuentran a veces dificultades para lograr un diálogo aceptable, podemos imaginar lo difícil que resulta el diálogo entre un adulto y un joven, sobre todo entre padre e hijo. «Muy rápidamente se corre el riesgo de ya no comprenderse; lo que se hace más grave porque la escala de valores, donde al principio aparece la misma jerarquía, se va diferenciando considerablemente en el orden de prioridades acordadas por las diversas generaciones. Por ejemplo, mientras los adultos dan prioridad a la eficiencia productiva, los hijos dan prioridad a la sinceridad. Sin duda, eficacia y sinceridad son valores para ambos; pero cuesta menos ser sincero cuando se es joven, ya que uno se beneficia de la eficiencia sin tener, todavía, que pagar su precio. El resultado es, con todo, que se comprendan difícilmente. Y aun más difícilmente, porque la racionalidad propia de la eficiencia opera progresivamente una valoración de agentes eficaces, y una segregación de las otras, particularmente jóvenes y ancianos. Esto hace a la comunicación menos segura, y, de parte de los jóvenes, provoca cuestionamientos, si no un abierto rechazo, de esta así llamada racionalidad. ¿De qué sirve producir, si uno queda reducido a la consumición que toma, finalmente, el lugar de la comunicación?».
Este es uno de los tantos puntos de conflicto, recogidos en el librito de Enrique Fabbri, «Familia, escuela del amor». Para superarlos, dice, «es necesario ofrecer a la juventud una visión de esperanza; es decir, no rechazar su mundo que ellos quieren construir, que confía en que irán logrando pautas de comportamiento sexual, pautas de comportamiento social, político, que embarquen al país en un proceso de mejoramiento, de humanización, de socialización. El joven necesita sentir, fundamentalmente, que el adulto confía en él, y el hijo necesita sentir que sus padres confían en él…».
¡Hasta el domingo!







