En este tiempo de pandemia, que se prolongó más de lo esperado y que todavía no puede garantizarnos una fecha de vencimiento, las recomendaciones y los consejos no alcanzan. Muchas veces se ha dicho que los argentinos somos “hijos del rigor» y que solo pueden mantenernos a raya con un látigo en la mano. Lo expresamos en sentido figurativo, pero –a la vista está– ello no se aleja mucho de la realidad.
Desde que el coronavirus se instaló entre los argentinos, a nivel gubernamental se adoptaron resoluciones que al principio no recibieron objeciones, pero que al poco tiempo empezaron a resultar antipáticas. Aquí hace falta resaltar que las medidas que debemos respetar, por caso, los mendocinos, no emergen de una sola filosofía política, ya que estamos regulados por normas nacionales y provinciales que, como se sabe, surgen de espacios políticos partidarios diferentes y muchas veces antagónicos.
En los últimos días, los sanrafaelinos también pasamos a vivir en carne propia el temor de la cercanía de virus, y si bien volvimos a mostrar algunas conductas preventivas –como nunca debimos dejar de hacer–, aún hay muchos que no cumplen con lo que los especialistas de todo el mundo y más allá de nuestras “grietas” recomiendan.
Al margen de idas y vueltas, de aseveraciones y desmentidas, de declaraciones lógicas y actuaciones interesadas, de acusaciones cruzadas y otras yerbas, no puede soslayarse un tema que es prácticamente imposible de erradicar: la falta de compromiso de muchos ciudadanos que, fieles a nuestra costumbre transgresora, desafían todos los protocolos.
Es imposible pensar que la gente no haya tomado conciencia de la importancia de lavarse las manos, utilizar barbijo o mantener la distancia social. Pero, a pesar de todo, son muchos los que no atienden esas recomendaciones. Para ellos es necesario recordar, incluso asumiendo el riesgo de expresarlo de una forma que puede conducirnos al hartazgo, que es imperioso cuidarnos, porque es la única manera de hacerlo con los otros. He allí la idea de comunidad.




