Hoy se cumple nueve años de aquel 3 de junio de 2015 donde una multitudinaria movilización copó las calles de todo el país con un lema espontáneo, agudo y contundente: «Ni Una Menos».
El verano de ese año había tenido un hito trágico con el brutal crimen de Lola Chomnalez, una adolescente argentina de 15 años asesinada en un balneario uruguayo y cuyo homicida fue condenado recién en este 2024. En mayo del mismo 2015, mientras se descubrían detalles escalofriantes del asesinato de Ángeles Rawson, ocurrió el femicidio de Chiara Pérez, la joven de 14 años asesinada por su novio, quien luego la enterró en el patio de la vivienda de sus abuelos en Santa Fe.
Quizás el mayor aporte del movimiento puesto en marcha hace casi una década sea que la violencia de género ahora se mide (aunque no siempre de manera oficial), se visibiliza, genera una reacción social. El gran cambio parece ser el reconocimiento del problema, de un flagelo que antes estaba naturalizado y mucho menos abordado que hoy. En definitiva, dejamos de mirar para otro lado.
Sin embargo, considerar que ya está todo hecho sería un error de parte de quienes pretendemos lograr un verdadero cambio cultural en pos de la perseguida igualdad de género y del respeto entre todos y todas. Las cifras antes descriptas y muchas de las actitudes que, en general, se siguen vislumbrando en nuestro entramado social nos deben llevar a pensar que aún tenemos varias deudas por saldar en el trabajo de erradicar la violencia contra las mujeres y las diversidades. Por tanto, el trabajo cultural de cambio de paradigmas debe continuar.
Lamentablemente, y también hay que reconocerlo, las ideas que dirigen las políticas públicas a nivel nacional han venido a poner nuevamente en discusión varias cosas que se consideraban definidas, entre ellas las filosofías de género. El tiempo demostrará si la sociedad también acompaña este retroceso o si, como en otras materias, hace sentir su posición.




