La relación de Mendoza con la frontera chilena siempre ha sido pendular, una danza marcada por el ritmo de las devaluaciones y los descalces de precios relativos. Sin embargo, la lógica del «deme dos» que empujó a miles de mendocinos a colapsar el paso internacional Cristo Redentor en los últimos años parece haber chocado ahora con un muro de realidad. Hoy, el fenómeno se está revirtiendo no porque Argentina se haya vuelto barata en términos reales, sino porque el bolsillo del consumidor local ha llegado a un punto de fatiga donde incluso el ahorro fronterizo se vuelve inalcanzable ante la caída del ingreso disponible.
Históricamente, el cruce a Chile funcionó como una válvula de escape para la clase media argentina frente al proteccionismo y los sobreprecios internos. Pero en este febrero de 2026, lo que observamos es un cambio de tendencia motorizado por dos factores críticos: la apreciación del peso en términos reales, que encarece el costo del viaje, y una inflación en dólares que ha empezado a morder también del otro lado de la cordillera.
El costo del combustible, los peajes y la hotelería hoy compiten palmo a palmo con los precios de las vidrieras locales, que, ante la parálisis del consumo, han empezado a mostrar promociones agresivas para liquidar stock.
Esta reversión del flujo es un respiro amargo para el comercio de proximidad en nuestro país y en San Rafael en particular. Mientras nuestro centro recupera algo de ese público que antes fugaba divisas, la causa de este retorno no es la competitividad ganada, sino la recesión que inmoviliza. El gobierno nacional celebra la convergencia de precios, pero ignora que el equilibrio se está logrando por el piso: con un mercado interno quebrado que ya no tiene resto ni para el tour de compras. La frontera vuelve a cerrarse, no por decretos, sino por la pérdida de poder adquisitivo que transforma el viaje al vecino país en un lujo de otra época.



