Hablar de la vitivinicultura en Mendoza no es hablar de una actividad más, sino de la principal actividad económica e identidad cultural mendocina. Desde el Este hasta el Valle de Uco, desde San Rafael hasta Lavalle, la uva y el vino han marcado el pulso de nuestra sociedad, aunque hoy lo que se respira en los viñedos no es esperanza, sino incertidumbre.
Caída abrupta del consumo interno, de exportaciones que no despegan, de un dólar planchado que hace imposible competir afuera, y de un fenómeno tan doloroso como visible: el abandono creciente de viñedos.
En un reciente pedido de informes en la legislatura se pide saber la cantidad de productores que abandonaron la actividad en las distintas regiones de la provincia (Este, Sur, Valle de Uco y Norte) en los últimos tres años.

La respuesta en San Rafael es cruda y habla de 1.182 hectáreas menos según los datos oficiales del INV. De 12.660 que se registraban en 2021 a 11.478 de 2024, y con el temor a seguir retrocediendo.
Donde antes se escuchaba el murmullo de la vendimia, hoy se ven tierras secas, parcelas desiertas, alambres caídos y malezas crecidas.
En nuestra región, productores que resistieron heladas, granizo y sequías se encuentran con precios que no alcanzan siquiera para cubrir los costos básicos. Es que un litro de vino blanco escurrido apenas se paga $300 y uno de tinto $470.
Ante este panorama, desde la legislatura le plantean a los gobiernos de Provincia y Nación que adopten “medidas urgentes” que eviten la “desaparición de una de las industrias más emblemáticas del país: créditos blandos, tarifas diferenciadas de energía, campañas de consumo responsable y la inmediata reactivación del Banco de Vinos”.







