El Observatorio Mumalá “Mujeres, Disidencias, Derechos” informó días atrás que hubo 329 muertes violentas de mujeres durante 2020 en Argentina, de las cuales 270 fueron femicidios, 34 están en investigación y 25 se produjeron en el contexto de violencia urbana. Según estas cifras, hubo un femicidio cada 32 horas en el país durante el año pasado. De hecho, el asesinato de la adolescente Florencia Romano marcó trágicamente el fin de 2020 en Mendoza.
La violencia de género es un flagelo que padece una parte mayoritaria de nuestra sociedad y que, a la vista está, requiere el compromiso del conjunto de la comunidad para su erradicación.
El Estado –en sus diferentes administraciones– debería garantizar a las mujeres y niñas que padecen cualquier tipo de violencia una asistencia integral, gratuita y accesible. En ese sentido, la aplicación de manera masiva y eficaz de la Ley de Protección Integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres (26.485) debería ser efectivamente una política de derechos humanos en nuestro país.
Pero, además, debemos reparar en el papel fundamental que debe cumplir la educación formal en la construcción de una sociedad más justa e inclusiva, buscando eliminar las relaciones desiguales de poder que afectan la vida, la libertad y la dignidad de muchas mujeres que sufren este flagelo.
Son los ámbitos escolares, donde nuestros niños y jóvenes se forman no solamente en conocimientos formales sino también en valores sociales, los lugares en los que deben comenzar a forjarse las ideas de valoración de todos los integrantes de la sociedad, la riqueza que implica la diversidad y el necesario respeto que merecen todos los seres humanos, más allá de nuestras diferencias.
Solo modificando el pensamiento y las estructuras valorativas de nuestras generaciones venideras y dejando de lado el machismo que hasta aquí ha caracterizado a la sociedad argentina es que podremos vislumbrar un futuro en el que las mujeres sean respetadas y valoradas. Y ello, como quedó dicho, es una cuestión cultural y las estructuras educativas formales deberán jugar un rol fundamental.




