Las leyes son, en definitiva, acuerdos de convivencia que hacen posible la existencia de las sociedades humanas e impiden su autodestrucción. No obstante, siempre habrá quienes transgredan esos pactos. La cuestión es que cuando los transgresores son más que los cumplidores, la comunidad misma está en riesgo de disolución.
Ese estadío social es conocido, merced al filósofo francés Emile Durkheim, como la anomia social. Según el propio Durkheim, hay también una anomia individual, que es aquella en la que el individuo pierde el rumbo de su propio comportamiento e, incapaz de soportar el peso de las normas, mandatos y expectativas sociales, puede terminar en el suicidio. En tanto más difíciles son los tiempos en una sociedad (debido a crisis económicas, cambios de paradigmas y apagones morales que pulverizan los valores acordados), más se presentan estos casos.
Si la anomia social se extiende a modo de pandemia y termina por establecerse como endemia, empieza a prevalecer la ley del más fuerte. Y si los que primero desertan del cumplimiento del contrato social son los gobernantes, los funcionarios, los aspirantes al gobierno, la justicia y las fuerzas de seguridad, el ciudadano común queda indefenso y a la intemperie. Como autoprotección disfuncional, él mismo se hará anómico y la sociedad en su conjunto quedará bajo el imperio de la ley de la selva.
Preocupantes síntomas de todo esto atraviesan el país en general, en Mendoza en particular y en San Rafael más puntualmente. Se podrían enumerar muchos ejemplos de complicidad anómica entre infractores, autoridades y justicia en hechos de la vida cotidiana. Desde los incumplimientos a la norma vial hasta cualquiera otra que intenta regular nuestra existencia en comunidad y que es irrespetada a diario.
“Un Estado sin normas hace inestables las relaciones del grupo, impidiendo así su cordial integración”, decía Durkheim en su obra. Si uno observa nuestros comportamientos debería, no con poca preocupación, afirmar que el filósofo francés describía cabalmente nuestra realidad actual y, en consecuencia, el futuro no aparece como muy esperanzador.




