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La hoguera del poder

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Cuando el presidente Milei afirma que determinados periodistas “se tienen que quemar en la hoguera”, la discusión deja de ser una disputa más entre el Gobierno y la prensa. Se convierte en una señal preocupante sobre la manera en que el poder concibe a quienes lo cuestionan.

Milei pronunció esas palabras durante una cena de la Fundación Faro, después de que la Justicia lo sobreseyera, junto a su hermana Karina, en la causa $LIBRA, y celebró la resolución como una demostración de que las denuncias respondían a una operación política y mediática. Pero una cosa es que un juez dicte un sobreseimiento y otra, muy distinta, que ese fallo convierta automáticamente en falsas todas las preguntas, investigaciones y publicaciones que rodearon el caso.

La resolución del juez Marcelo Martínez de Giorgi, dictada a pedido del fiscal Eduardo Taiano, merece ser examinada por sus fundamentos y por el recorrido que tuvo la investigación. El expediente se cerró sin que Milei y los demás acusados fueran llamados a declaración indagatoria y después de que los inversores damnificados fueran apartados de la causa como querellantes. Además, quedaron interrogantes sobre medidas de prueba que no llegaron a completarse. Son circunstancias que alimentan legítimas preguntas sobre el alcance de la investigación, aunque no equivalgan por sí mismas a demostrar la existencia de un delito.

En la Argentina, el Poder Judicial suele exhibir una notable cintura cuando las causas involucran a quienes ocupan posiciones de poder. Los tiempos, las interpretaciones y las decisiones procesales parecen adquirir una flexibilidad que difícilmente se percibe en otros expedientes. No es una afirmación que permita condenar en bloque a jueces y fiscales, pero sí una cuestión que la sociedad tiene derecho a discutir. La igualdad ante la ley no puede depender de la jerarquía, los contactos o la influencia política de los investigados.

En ese contexto, la reacción de Milei contra el periodismo resulta todavía más inquietante. El mandatario no se limitó a cuestionar una información determinada ni a señalar un error concreto. Nombró a periodistas, los calificó de corruptos y mercenarios y los presentó como parte de una operación golpista. Después llegó la hoguera.

También es discutible su uso de la expresión “noticias falsas”. Para Milei, con demasiada frecuencia, parece ser falso todo aquello que contradice su propio relato. Una investigación incómoda se convierte en una operación; una pregunta, en una provocación; una crítica, en una conspiración. Pero la verdad no puede depender de la conformidad del poder con lo que se publica.

Por supuesto que el periodismo debe responder por sus errores. Tiene que verificar sus fuentes, rectificar la información equivocada y aceptar las críticas que correspondan. Ningún periodista está por encima de esas obligaciones. Pero tampoco un gobernante está autorizado a establecer, por su sola voluntad, qué información es verdadera y cuál merece ser expulsada del debate público.

Hay una diferencia esencial entre discutir con la prensa y convertirla en enemiga, operación ésta que realizan muchos poderosos, no solo Milei. La primera forma parte de una democracia saludable; la segunda deteriora las condiciones necesarias para que esa democracia funcione.

La hoguera fue, durante siglos, una herramienta para castigar a quienes desafiaban la verdad impuesta por los poderosos y el tiempo, en muchísimas ocasiones, les dio la razón a los castigados. Hoy nadie necesita encender un fuego para comprender el peligro de esa imagen. Basta con observar qué ocurre cuando los gobernantes pretenden dividir a la sociedad entre quienes aceptan su versión de los hechos y quienes, por cuestionarla, pasan a ser considerados enemigos.

La democracia argentina no necesita periodistas infalibles ni gobernantes inmunes a la crítica. Necesita una Justicia independiente, investigaciones rigurosas y gobernantes capaces de responder preguntas sin convertirlas en amenazas contra su autoridad.

Porque el verdadero problema no es que un presidente se enoje con los periodistas. El problema comienza cuando confunde su propio relato con la verdad y cree que quienes lo ponen en duda merecen, ni más ni menos, que desaparecer.

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