La inteligencia artificial está modificando los criterios con los que las empresas seleccionan a sus líderes. Según el análisis de Federico Carrera, cofundador y director de Operaciones de High Flow, saber utilizar herramientas como ChatGPT, Claude u otras plataformas de IA generativa comienza a convertirse en una capacidad básica. La diferencia, en cambio, pasa por demostrar qué resultados concretos se consiguieron a partir de su implementación.
En las búsquedas de talento ejecutivo, la experiencia con inteligencia artificial dejó de ser solamente un atributo adicional. Cada vez más compañías esperan que quienes ocupan posiciones de liderazgo puedan explicar cómo utilizaron estas tecnologías para mejorar procesos, aumentar la productividad, reducir costos, acelerar decisiones o generar nuevas oportunidades de negocio.
El cambio responde también a la expansión de estas herramientas. La IA generativa está disponible para una enorme cantidad de profesionales y permite realizar tareas cotidianas, procesar información, elaborar análisis y automatizar diferentes procesos. Por eso, simplemente afirmar que se utiliza inteligencia artificial empieza a perder peso como elemento diferenciador.
La discusión dentro de las compañías se trasladó hacia otro terreno: qué impacto produjo realmente esa tecnología.
Así, las preguntas en una entrevista ejecutiva comienzan a ser mucho más específicas. Ya no alcanza con mencionar la implementación de una plataforma. Las empresas quieren saber qué proceso se modificó, cuánto tiempo se ahorró, qué costos pudieron reducirse, cuáles fueron los indicadores que mejoraron o si la incorporación de IA permitió desarrollar nuevas fuentes de ingresos.
Del dominio de herramientas a los resultados
La transformación también modifica el perfil de los ejecutivos más buscados. La experiencia, el liderazgo, la capacidad para gestionar equipos y la conducción de operaciones complejas continúan siendo aspectos centrales, pero se suma una nueva variable: la capacidad de utilizar inteligencia artificial para potenciar el negocio.
En ese contexto, dominar una gran cantidad de plataformas no garantiza una ventaja. El valor aparece cuando un ejecutivo consigue incorporar esas herramientas a la estrategia de la organización y convertirlas en soluciones concretas.
La tecnología, entonces, deja de funcionar como un objetivo en sí mismo. Una compañía puede adoptar múltiples sistemas de inteligencia artificial sin conseguir necesariamente una mejora sustancial. El diferencial está en transformar esa adopción en productividad, mejores decisiones, ahorro o crecimiento.
También cobra importancia la capacidad de adaptación. La velocidad con la que evoluciona la inteligencia artificial provoca que conocimientos y herramientas puedan quedar desactualizados rápidamente. Por eso, las empresas valoran cada vez más a líderes dispuestos a experimentar, medir resultados, corregir procesos y adoptar nuevas formas de trabajo.
Esta lógica supone además un aprendizaje permanente. Más que especialistas en una plataforma determinada, las organizaciones buscan perfiles capaces de identificar problemas del negocio y evaluar cómo la tecnología puede contribuir a resolverlos.
La tendencia apunta a que saber utilizar inteligencia artificial pronto podría ser considerado una competencia básica en numerosos puestos profesionales, de manera similar a lo que ocurre actualmente con las planillas de cálculo o los tableros de indicadores.
En consecuencia, conocer IA difícilmente alcance por sí solo para conseguir una posición ejecutiva. Será el punto de partida. La verdadera ventaja estará en poder demostrar, con resultados medibles, cuánto valor logró generar su utilización para una empresa.


