El derrotero económico de la Argentina y los recientes giros en su política macroeconómica despiertan intensos debates no solo en el plano doméstico, sino también en los círculos académicos más prestigiosos de Europa. El doctor Diego Ezequiel Battistón, un destacado economista oriundo de San Rafael egresado de la Universidad Nacional de Cuyo, ofrece una perspectiva analítica privilegiada. Radicado desde hace quince años en Escocia, con un doctorado en la London School of Economics y antecedentes como docente e investigador en la Universidad de Estocolmo, se desempeña actualmente como profesor en la prestigiosa Escuela de Economía de la Universidad de Edimburgo, en Escocia.
Desde el Viejo Continente, el especialista desglosó con rigor técnico la diferencia entre estabilizar variables financieras y resolver los nudos estructurales históricos del país. Además, advirtió sobre los costos de convertir los debates técnicos en disputas morales y evaluó las distorsiones del empleo público y el sistema tributario en comparación con los modelos nórdicos.
Lejos de sumarse a las posturas de optimismo extremo o de rechazo absoluto, el investigador sanrafaelino planteó que el saneamiento de las cuentas fiscales y monetarias es apenas una condición necesaria, pero insuficiente, para desarmar un esquema de distorsiones acumuladas durante medio siglo. «Tengo una opinión un poco dividida de la situación actual y no soy de los que piensa que está todo mal en lo que se está haciendo. Por un lado, me parece que se corrigieron algunos desequilibrios macroeconómicos importantes, como los problemas del sistema monetario, registrando una baja significativa de la inflación, y se ordenaron distorsiones en los mercados cambiarios que son vitales para la inversión. Sin embargo, tengo la persistente sensación de que los problemas estructurales de la Argentina no se han atacado de fondo. Mi crítica radica en el diagnóstico y en las prioridades», planteó Diego Battiston de entrada.
«En la teoría económica existe un resultado canónico. Si operás en una economía que no tiene distorsiones ni problemas institucionales, el mercado tiende por sí solo a una situación eficiente donde se maximiza el crecimiento. El problema es que ese escenario ideal no es el caso de la Argentina. Nuestro país ha acumulado parches sobre parches durante más de cincuenta años«, continuó exponiendo.
«Cuando una economía arrastra ese nivel de vicios, entra en juego la denominada ‘Teoría del Segundo Mejor’ (Theory of the Second Best). Esta regla demuestra que cuando tenés múltiples distorsiones entrelazadas, eliminar solo unas pocas de forma aislada no implica necesariamente que vayas a mejorar en el largo plazo. Lo que verdaderamente termina importando es qué distorsiones vas a eliminar y en qué orden preciso las vas a desarmar. Me da la sensación de que el Gobierno actual posee un modelo mental enfocado en que basta con eliminar restricciones para mejorar de golpe, pero no ha realizado un diagnóstico certero sobre cuáles priorizar», analizó en medio de la entrevista que brindó a FM Vos 94.5.
«Ha gastado demasiado capital político en batallas que son más simbólicas o ideológicas, pero que realmente no tienen un impacto estructural en el crecimiento de largo plazo. No estoy para nada de acuerdo con esa idea de convertir las discusiones económicas en discusiones morales», opinó.

El deterioro del capital humano: la verdadera urgencia nacional
Para el académico, la primera y más urgente causa del estancamiento a largo plazo se encuentra fuera de las planillas cambiarias del Banco Central, radicando en la pérdida de calidad del sistema educativo formal. «El problema de la Argentina es como el de una casa que tiene el techo roto, las paredes llenas de humedad por cañerías pinchadas y donde te entra aire por todas las ventanas. Un arquitecto te dirá que lo óptimo es levantar el techo de cero y cambiar todo, pero la pregunta real es si tenés los recursos y si te podés dar el lujo de irte a vivir a otro lado mientras hacés esa obra. Como la respuesta es no, hay que pensar estratégicamente dónde están los cuellos de botella más importantes. El primer problema estructural en el que habría que invertir el capital político es la educación. Una de las grandes tragedias del siglo XX para el país fue la destrucción de uno de los mejores sistemas educativos del continente», declaró Battiston.
«Cuando analizo la educación primaria y secundaria que obtuvieron mis padres en la escuela pública, era sin lugar a dudas superior a la que yo recibí en el sector privado, y la tendencia general ha seguido una línea decreciente», agregó.
«Es un sector muy complejo de reformar por su magnitud, pero resulta inaceptable que por cada puesto docente en actividad existan cadenas de suplentes y una burocracia estatal enorme, conviviendo con un esquema donde la formación docente es deficitaria y el trabajo en el aula está pésimamente remunerado. Romper ese círculo vicioso es extremadamente importante. Los países crecen de forma sostenible cuando acumulan capital, y hoy en día el activo más valioso de cualquier economía moderna es el capital humano. Si no cuidás el capital humano y carecés de un sistema que lo genere de forma eficiente, es físicamente imposible crecer en el largo plazo», advirtió.
Empleo público e impuestos: mitos de tamaño frente a verdades de eficiencia
En otro tramo del reportaje, Battiston desmitificó el postulado de que el principal defecto del Estado argentino sea exclusivamente su dimensión cuantitativa, contrastando la estructura impositiva local con la realidad de los países nórdicos donde reside. «El segundo gran problema es el sector público, que tradicionalmente abarca cerca del 40% de la economía y representa el 20% del empleo total. Si tenés un sector de esa magnitud que opera de forma ineficiente, es imposible pensar que el resto de la economía privada va a funcionar bien. Pero aquí también tengo diferencias metodológicas con el Gobierno. El problema central de la Argentina no es que tenga un Estado grande en tamaño. Francia o los países nórdicos poseen sectores públicos enormes. El defecto argentino es que es extremadamente ineficiente», diferenció el economista.
«En Europa, convertirse en funcionario público es un proceso sumamente difícil; tenés que estudiar durante años y aprobar exámenes que son durísimos. El sistema cuenta con incentivos correctos, se evalúa el desempeño permanentemente y la estructura tiende a la eficiencia», añadió.
«Con respecto al debate de la presión fiscal, coincido en que el diseño del sistema tributario argentino es un desastre, pero no estoy seguro de que sea un problema que se solucione únicamente achicando el Estado. Cuando el gasto público es ineficiente, estás obligado a emitir, tomar deuda o recaudar de forma desmedida porque no podés dejar de pagar los servicios esenciales«, explicó.
«En Suecia, donde viví, el impuesto a las ganancias es extremadamente alto, pero existe un consenso social absoluto porque el gasto público es impecable: pagás tus tributos y ves con total claridad a dónde va cada centavo. La maraña impositiva argentina es destructiva porque es súper distorsiva; existe una catarata de gravámenes nacionales y provinciales que se superponen entre sí», aseguró.
«Esto rompe por completo el sistema de precios relativos, que es el mecanismo que le dice a la economía cuál es el costo real de las cosas. Al distorsionar los costos de transacción, los recursos terminan fluyendo hacia sectores que no son genuinamente competitivos, quitándole competitividad internacional al país y encareciendo los productos que consumen los propios ciudadanos, lo que atenta directamente contra la demanda y el consumo interno», fundamentó.
El factor político y la ilusión del «Ozempic económico»
En el cierre de su análisis, el economista sanrafaelino advirtió sobre el incremento de la informalidad laboral y señaló que la inestabilidad macroeconómica recurrente no es una causa originaria, sino el reflejo de un sistema político adicto al corto plazo y a la confrontación. «La informalidad laboral en la Argentina ha ido en aumento y hoy representa entre el 40% y el 45% de la fuerza de trabajo. Es un límite estructural tremendo, porque la mayoría de las políticas económicas que se diseñan no terminan de impactar en la realidad ya que los trabajadores están fuera del radar del sistema formal. Cuando se observa a la Argentina desde el exterior, lo más notorio no son estos detalles microeconómicos, sino la crónica inestabilidad macroeconómica», expresó.
«Afuera se nos percibe como un país donde, independientemente del color del gobierno de turno, indefectiblemente cada diez o quince años se ingresa en un proceso de crisis profunda. Y a mi criterio, esa inestabilidad no es una causa, sino una consecuencia directa del diseño de nuestro sistema político», amplió.
«Tenemos un ecosistema político nocivo, plagado de actores sectoriales que defienden exclusivamente su propia quinta de poder y donde se exigen resultados inmediatos. En la ciencia económica no existen las recetas mágicas; no existe el ‘Ozempic’ de la economía que te hace solucionar los problemas sin esfuerzo. Si querés bajar de peso de forma saludable, tenés que hacer dieta obligatoriamente e ir reduciendo gramos de a poco, de manera sostenida todos los años», comparo con sensatez.
«Lamentablemente, ese tipo de decisiones maduras y paulatinas no son compatibles con un diseño político que obliga a competir en elecciones cada dos años, donde las bases electorales exigen milagros de corto plazo. Revertir la decadencia estructural requiere de acuerdos políticos estables de muy largo plazo y, fundamentalmente, bajar el tono de la confrontación interna. Esto no se soluciona publicando tweets ni peleándose de forma constante con todo el mundo. El gran desafío de un estadista es comprender que, para transformar un país, necesita principalmente el apoyo y el consenso de la gente que está en las antípodas de tu pensamiento, y eso es lo que hoy parece más lejano de alcanzar», concluyó.







