Padre José Ceschi
«Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer». Esta invalorable confidencia de Alfonso, rey de Aragón, debiera simularnos a recurrir con mayor frecuencia a la lectura. A la buena, la que nos permite crecer no sólo en conocimientos sino también y sobre todo en crecimiento personal.
A pesar de los impresionantes avances de la comunicación electrónica -en sus ofertas cada vez más variadas- los libros siguen siendo un modo tan específico de comunicarnos, que su vigencia no declinará jamás. A pesar de los siglos que nos separan de Petrarca, lo que escribió en su tiempo pareciera estar escrito para hoy:
«Tengo amigos de agradabilísimo trato, de toda época y país, que se han distinguido igualmente en la ciudad y en el campo, y merecen señalada honra por sus conocimientos científicos.
Nada me cuesta ponerme al habla con ellos, porque siempre están a mi servicio y los admito o despido según me place.
Nunca se turban y al punto responde a mis preguntas. Unos me enseñan cómo he de vivir y otros cómo he de morir.
Unos distraen mis cuidados con sus vivezas y me regocijan el ánimo, al paso que otros fortalecen mi mente y me estimulan a reprimir mis apetitos y a confiar únicamente en mí mismo.
Me abren los caminos de las ciencias y de las artes, y por sus consejos me prevengo contra cualquier contingencia.
En pago de tan valiosos servicios sólo me piden un modesto estante donde reposar en paz, pues más les gusta la tranquilidad del retiro que el bullicio mundano».
Por supuesto, no se trata de leer indiscriminadamente. Leemos a Smiles: «Generalmente se puede conocer a un hombre por los libros que lee, como por la sociedad que frecuenta; porque hay una sociedad de los libros, lo mismo que de los hombres; y ya sea de hombres o de libros, debemos procurar siempre rodearnos de los mejores».
Otro modo de decir lo mismo es el de Séneca: «No leáis sino libros generalmente estimados: es señal de un estómago enfermo comer de todos los manjares: lejos de hacerle bien, sólo sirven para debilitarlo más».
¡Hasta el domingo!







