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Mariano Amaya y su labor humanitaria en Mozambique: “No es asistencialismo, es desarrollo humano”

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Mariano Amaya, presidente de la Fundación Proseguir, compartió con Diario San Rafael y FM Vos 94.5 su testimonio sobre el trabajo que realizó en Mozambique, un país al sur de África. Aunque no es oriundo de San Rafael, Amaya se ha convertido en un referente local debido a su compromiso con causas humanitarias. “Nuestro objetivo es ir hacia adelante, más allá de cuál sea la condición en que se encuentra una persona”, explicó.
La Fundación Proseguir, bajo la dirección de Amaya, se ha destacado por su enfoque en el desarrollo humano, alejándose del asistencialismo tradicional. “No se trata solo de ayuda social, sino de trabajar para que el ser humano pueda desarrollarse. Queremos que cada persona tenga una oportunidad, sin importar las vivencias que haya tenido”, detalló. Este principio guía el trabajo de la fundación, que colabora con instituciones educativas como la FCAI de la UNC, con la cual tienen un convenio marco para llevar a cabo proyectos en diversas regiones, incluyendo Mozambique.
Durante su estancia en el país africano, Amaya fue invitado por la Fundación Extensión Vida, una organización que lleva una década capacitando a jóvenes mozambiqueños en emprendedurismo. “Es un país joven que obtuvo su independencia en 1975. A pesar de los recursos naturales que posee, como petróleo y gas, el país aún enfrenta grandes desafíos debido a la guerra y una severa epidemia de poliomielitis”, relató. Amaya destacó que la infraestructura dejada por los colonizadores portugueses quedó en manos de una población que, sin embargo, sigue siendo sometida, ahora por influencias externas, como las de comerciantes chinos y árabes.
La experiencia en Mozambique no solo se limitó a su trabajo con la Fundación Extensión Vida. “Lo que me impactó fue la desesperanza que se percibe en muchos lugares. Ves a personas lisiadas arrastrándose por las calles, sin recibir ayuda. Es un contraste muy fuerte con lo que estamos acostumbrados a ver en Argentina”, expresó. Su estadía de más de un mes en la localidad de Chimoio, al norte de la capital Maputo, le permitió observar de cerca la realidad de un país donde la mayoría de la población se dedica a la agricultura de subsistencia y a la ganadería, con un nivel de vida muy diferente al de las grandes ciudades.
Amaya describió la región como un “campo raso”, donde predominan cultivos de maíz blanco y la cría de cebú, una especie de vaca adaptada al clima africano. “No es la selva que uno imagina, es más bien una región de tierra colorada, similar a la de Misiones. Durante mi estancia no llovió ni un solo día, lo que muestra la dureza del clima”, comentó. A pesar de estas dificultades, la comunidad sigue adelante, pero con carencias significativas en áreas esenciales como la salud y la educación.
“El idioma oficial es el portugués, pero cada provincia tiene su propio dialecto, lo que dificulta aún más la comunicación”, mencionó. Este aislamiento cultural y lingüístico se suma a las barreras que enfrentan las personas en Mozambique, donde la religión juega un papel central. “Es un país muy religioso. Los domingos, la mayoría de la gente asiste a iglesias cristianas, aunque también hay un sincretismo muy fuerte con prácticas tradicionales”, explicó.
Amaya, quien además es pastor evangélico, tuvo la oportunidad de desarrollar su labor religiosa durante su estancia. “Visité algunas iglesias y también un hogar de niños donde conocí a una argentina que trabaja allí desde hace años. Es conmovedor ver cómo alguien puede dedicar su vida a ayudar en un lugar tan alejado”, señaló.
Uno de los proyectos más urgentes de la Fundación Proseguir en Mozambique es la mejora de las condiciones de vida en un hogar orfanato llamado Manos de Misericordia. “Este lugar tiene una bomba manual a 60 metros del comedor y de la cocina, que es solo un fogón a leña. Queremos comprar un generador diésel para instalar una bomba sumergible y un tanque cisterna, para que tengan acceso directo al agua”, explicó. Este proyecto no solo beneficiará al orfanato, sino también a la comunidad circundante, donde el acceso al agua potable es un lujo al que solo se puede llegar tras caminar varios kilómetros.
Amaya reflexionó sobre la situación general en Mozambique. “No quiero que la gente se imagine que es un país en ruinas; la capital tiene edificios modernos y hay personas con mucho dinero. Pero cuando te alejas un poco, ves otra realidad, una de necesidad y desesperanza”, concluyó. A pesar de las dificultades, Amaya planea regresar para continuar su labor y seguir aportando al desarrollo de un país que, aunque lejano, ha tocado profundamente su corazón.

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