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martes 28, de junio , 2022

No hay buenos y malos racismos

Tiempo atrás, la escritora y periodista peruana Gabriela Wiener publicó una nota de opinión en el New York Times respecto al racismo que los latinoamericanos observamos espantados en el resto del mundo pero que, paradójicamente, practicamos en nuestros territorios indolentemente.
En su nota, Wiener pone como ejemplo a nuestro país, donde –afirma– reina “la hipocresía de colocarse el lema importado de Estados Unidos mientras allí se sigue ejerciendo discriminación contra migrantes andinos y contra sus propios compatriotas de ese origen, por lo general olvidados por la idea de una Argentina blanca y porteña. Allí está esa señora que le enmendó la plana a un presentador de televisión que le preguntó de dónde había migrado: ‘Soy salteña —contestó—. Se les olvida que los argentinos somos coyas’. Los coyas son los pueblos indígenas originarios del norte de Argentina. Se les olvida, como se les olvida también que existen afroargentinos”.
Tal como afirma Wiener, históricamente el racismo ha sido practicado consecuentemente por las élites criollas en Latinoamérica, tradicionalmente blancas y que han concentrado el poder político, social y económico de generación en generación, es estructural y consecuencia directa de la colonización. El color de piel sigue determinando el lugar que ocupas en la sociedad. La idea de que las personas tienen lo que tienen o han llegado a donde han llegado solo con base en su esfuerzo y su valor o talento personal, esa fábula del capitalismo, es negar siglos de historia colonial.
A ese racismo que observamos con aparente preocupación y rechazo pero que practicamos consciente o inconscientemente debemos sumarle otras varias discriminaciones que cometemos a diario y que muestran a las claras que el rechazo al diferente (por color de piel, por pensamiento político, por convicciones religiosas o por vivir en un barrio determinado) sigue siendo una de nuestras principales debilidades como sociedad. En San Rafael también…

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