El consumo no repunta, por lo tanto la actividad industrial sigue dormitando en el subsuelo; consecuencia: la posibilidad de que se produzcan inversiones son muy lejanas. Consumo, actividad, inversión tres factores claves de la economía argentina que muestran indicadores negativos. Es el denominador común de la administración del libertario Milei, que ya cumplió ocho meses de gestión.
La cosmética del relato, que aportan los medios de comunicación amigables, y los sucesivos capítulos de escándalos, incluido el reciente del presidente Alberto Fernández, no alcanzan para disimular que el balance de gobierno es negativo.
En la columna del Haber se podría computar, con mucha buena voluntad, la reducción de la inflación tras el sablazo en el inicio del mandato, pero después no hay mucho más que depare satisfacción al órgano más sensible de la gente: el bolsillo.
El déficit cero, que Milei y su mejor «ministro de la historia», Luis Caputo, lo presentan como un logro, solo cierra a puro machetazo, lo que significa un tendal de heridos. Esto sumado a la brutal recesión que es el sostén de la caída de la inflación, refleja que la gestión todavía no consiguió fijar firmemente ningún pilar de la economía.
El equilibrio de las cuentas públicas durante los primeros siete meses del año se sustentó en el recorte de fondos a jubilados, a las provincias, a la obra pública y el diferimiento seleccionado del pago de la deuda.
Es verdad que la herencia que recibió Milei fue muy mala y era necesario poner orden; además no es menos cierto que el libertario, cuando candidato, avisó que el camino iba a ser sacrificado, pero se suponía que tendría un plan, que frente a menudo desastre solo vendría recuperación. Sin embargo, hasta ahora ha demostrado que hay mucho de improvisación, y no solo en el aspecto político o de gestión, sino –y sobre todo- en el económico que presuntamente era su fuerte.




