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Paciencia

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Padre José Ceschi

Cada vez que alguien me pregunta si me gusta pescar, siempre respondo que no, porque me falta la virtud esencial de todo buen pescador. No suelo agregar más, porque el interlocutor adivina instintivamente cómo se llama esa virtud: la paciencia.
Será porque me falta -o porque la tengo en dosis muy pequeñas- que admiro siempre a los que han nacido con semejante don. Admiro su capacidad de estar sin hacer nada, o de no hacerse problemas porque el colectivo demora en llegar.
Por supuesto, como toda virtud -que en su origen etimológico tiene que ver con su capacidad- la paciencia es al mismo tiempo don y conquista. Un regalo de Dios, por un lado, que siempre debe agradecerse; pero su aumento progresivo depende también del propio esfuerzo.
«La paciencia -escribió Oxenstiern- es el recurso único de todo género de desgracias, pues con ella todos nuestros males pierden la mayor parte de su fuerza. Combate por todas partes donde se halla, y cada batalla le proporciona un triunfo: resiste honradamente todo lo que el mundo estima por duro e insufrible, y mitiga las amarguras de las adversidades de un modo que desaparece a su vista la infelicidad. Es una de aquellas virtudes que traen consigo la recompensa, porque en cuanto se ejercita conocemos sus beneficios».
Ya Tertuliano, en los primeros siglos de la Iglesia, exaltaba esta virtud cuando decía: «La paciencia fortifica la fe, trae la paz, ayuda a la caridad, instruye la humildad, acepta la penitencia y la practica, domina la carne, conserva el espíritu, refrena la lengua, retiene la mano, soporta las tentaciones, destruye los escándalos, consume el martirio, consuela a los pobres, disminuye los males, regocija a los fieles, hace recomendables a los criados ante sus amos, es amable en los niños, laudable en los jóvenes, venerable en los ancianos, admirable, en fin, en ambos sexos y en toda edad y condición».
San Juan Crisóstomo llegó a escribir: «Nada es comparable a la paciencia en las aflicciones. Esta virtud es la reina y como la corona de toda las otras».
Para pensarla bien. Y practicarla. Comenzando por mí.

¡Hasta el domingo!

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