Los cierres de año suelen ser momentos de balances. En este caso, y lamentablemente desde hace demasiados años, nuestro país viene administrando un empobrecimiento general que no tiene que ver únicamente con los ingresos. La única respuesta al sueño de igualdad ha sido que todos hemos ido poco a poco compartiendo más carencias. El viejo ideal del ascenso social es hoy encontrar a un conocido poderoso que pueda acomodarnos en algún trabajo.
A la par, la gran integradora social que tuvo el país en su momento, la escuela pública, dejó de existir como tal, generando una brecha injusta pero implacable que cerrará muchas puertas en el mundo del empleo y de las realizaciones personales. Y es increíble, frente a ello, que la estruendosa tragedia educativa siga siendo entendida como un simple conflicto entre gobiernos y gremios. El problema es mucho más profundo ya que lo que debería discutirse es el bajo nivel que demuestran en sus aprendizajes los alumnos.
Sin embargo, si queremos evolucionar no hay derecho a bajar los brazos, ni a aceptar que lo mejor que uno puede hacer por los más jóvenes es ayudarlos a que lleven sus vidas a otros países.
Argentina vive un momento crítico –uno más- y pareciera que buena parte de quienes deberían representarnos y dirigirnos continúan perdidos en sus juegos de poder. La pregunta clave para los próximos meses y años es si van a seguir los líderes actuales con su espectáculo de boxeadores discursivos sobre el redituable ring de “la grieta”, en esas peleas arregladas que ellos creen que siguen entreteniendo a la platea de todo el resto de argentinos o si, por el contrario, tendrán la lucidez suficiente -los que gobiernan y en los que están en la vereda de enfrente- como para al fin cumplir con el viejísimo clamor ciudadano de que tengan a bien sentarse a una mesa hasta ponerse de acuerdo en un puñado de lineamientos que saquen al país de esta condición en la que está sumido. El futuro, que siempre llega, brindará la respuesta.




