El Concejo Deliberante de San Rafael declaró de interés cultural, social y educativo el ciclo “Ecosistemas de Mendoza, flora y fauna”, organizado por el Club de Observadores de Aves Los Pirinchos. El ingeniero agrónomo Diego Cabral, responsable de las charlas, destacó la creciente conciencia sobre la necesidad de aprovechar los recursos naturales sin deteriorarlos.
El ciclo de charlas “Ecosistemas de Mendoza, flora y fauna”, organizado por el Club de Observadores de Aves Los Pirinchos de San Rafael y a cargo del ingeniero agrónomo Diego Cabral, recibió el reconocimiento del Concejo Deliberante de San Rafael, que lo declaró de interés cultural, social y educativo.
La distinción puso en valor una iniciativa destinada a divulgar las características de los ambientes naturales mendocinos, su flora y su fauna, pero también la necesidad de compatibilizar las actividades humanas y productivas con su conservación. Cabral cuenta con una extensa trayectoria profesional vinculada precisamente con esa problemática y trabajó durante 40 años en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.
“Me pasé 40 años en el INTA hablando de la importancia de conservar los ecosistemas, manejarlos, usarlos, porque estamos habitando acá y tenemos que vivir”, explicó Cabral durante su visita a los estudios de FM Vos (94.5).
Para el especialista, conservación no significa necesariamente impedir el aprovechamiento de los ambientes naturales, sino encontrar formas de utilizarlos sin comprometer su equilibrio. “Tenemos que sacar leña, tenemos que pasear, tenemos que hacer el asadito en el campo el fin de semana, pero respetando el ecosistema”, señaló.
Después de décadas dedicadas al tema, destacó especialmente el cambio que observa en la comunidad. “Hoy lo veo con gran alegría, que la sociedad, no solo sanrafaelina sino en todo el mundo, ha tomado conciencia de que el ser humano ha sido muy dañino con nuestro mundo, que nuestro mundo es un gran ecosistema”, sostuvo.
Una parte importante de su trayectoria estuvo relacionada con los ambientes ganaderos mendocinos y la búsqueda de sistemas productivos que permitan obtener terneros sin provocar un deterioro de los pastizales naturales. Allí aparece uno de los principales riesgos que identifica para la región: la desertificación.
“Estamos en una zona con un equilibrio ecológico muy frágil, nos pasamos un cachito y se arma el desastre”, advirtió.
Cabral explicó que es necesario diferenciar las pasturas cultivadas y bajo riego de los pastizales naturales que ocupan enormes extensiones del territorio provincial. “El 3% de la provincia de Mendoza está bajo riego, el resto es árido, son pastizales naturales”, indicó.
Esas características condicionan fuertemente la actividad ganadera. Según explicó, incluso los campos con mejores condiciones requieren superficies considerables para sostener a los animales. “En los mejores campos necesitamos 10 hectáreas por unidad ganadera, o sea, unidad ganadera es la vaca con el ternero al pie”, detalló. En otras zonas, agregó, pueden necesitarse entre 30 y 40 hectáreas.
Dentro de esos ambientes, uno de los factores que requieren especial atención es el fuego. “Hay que tener mucho cuidado, fundamentalmente con el fuego. El fuego es catastrófico para nosotros”, remarcó.
Su especialización en estos ecosistemas incluyó una etapa de formación en Estados Unidos. Cabral fue becado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria y permaneció durante 3 años en ese país, donde obtuvo un Master of Science in Range Ecology, formación que describió como Ecología de Pastizales de zonas áridas y semiáridas.
También explicó algunas de las particularidades de los suelos mendocinos. En buena parte de la región predominan suelos con poca materia orgánica, una característica relacionada, entre otros factores, con la intensa radiación solar.

La diversidad que esconde el paisaje mendocino
El ciclo reconocido por el Concejo Deliberante permitió abordar también aspectos de la flora que forma parte del paisaje cotidiano y que muchas veces pasa inadvertida. Uno de los ejemplos es la jarilla, una planta emblemática de los ambientes mendocinos.
Cabral aclaró que cuando se habla de las distintas jarillas no corresponde referirse a variedades, sino a especies. Mencionó 3: Larrea cuneifolia, Larrea nitida y Larrea divaricata.
Una de ellas presenta una adaptación particularmente llamativa. Se trata de Larrea cuneifolia, cuyas hojas y ramas se disponen sobre un plano orientado de norte a sur. Esa característica explica que también sea conocida como “jarilla brújula”.
El especialista explicó además que numerosas plantas de los ambientes áridos presentan sustancias resinosas en sus hojas. Se trata de una adaptación relacionada con la necesidad de conservar el agua en lugares donde las precipitaciones son escasas. “Como acá hay poca lluvia, entonces el agua es fundamental cuidarla”, explicó.
Durante la entrevista también advirtió que existen otros arbustos popularmente asociados con la jarilla que en realidad corresponden a otras especies, por lo que el conocimiento de la flora resulta importante incluso para prácticas cotidianas vinculadas con el uso de plantas del monte.
Ese universo es mucho más amplio de lo que puede suponerse a simple vista. Cabral lleva adelante una base de datos en la que reúne información sobre la vegetación autóctona provincial. “En Mendoza, en mi base de datos, tengo 1.638 especies nativas”, reveló.
Para dimensionar esa diversidad utilizó una cuenta sencilla: “Si habláramos un minuto de cada especie, tendría para hablar 1.638 minutos”.
Parte de ese conocimiento también fue trasladado a una página web dedicada a la flora nativa mendocina, desarrollada junto con un especialista en informática y de acceso gratuito. Allí se reúne información destinada a facilitar el reconocimiento y conocimiento de las especies presentes en la provincia.
El vínculo con la divulgación ambiental se extiende actualmente al Club de Observadores de Aves Los Pirinchos, institución que organizó el ciclo distinguido. Cabral destacó el crecimiento del grupo, que está próximo a cumplir 5 años, y especialmente el conocimiento y entusiasmo de quienes participan de sus actividades.
El reconocimiento también llevó al ingeniero agrónomo a recordar sus décadas dentro del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria. “Amo esa institución, la amo”, afirmó al referirse a su paso por el organismo.
Cabral recordó particularmente el compromiso que encontraba entre investigadores y profesionales para conseguir los elementos necesarios para desarrollar sus tareas. “Nos peleábamos por un microscopio, por un laboratorio, por un frasco, por un tubo de ensayo. Nos peleábamos por elementos de trabajo, para trabajar”, expresó.


