Fuente: TN
Nicolás Diez tiene 15 años y está a punto de vivir una experiencia que seguramente lo acompañará toda su vida. El adolescente fue elegido para participar de uno de los momentos más especiales de la misa que celebrará el papa León XIV en Luján: será uno de los tres jóvenes encargados de lavarle las manos al Santo Padre, antes de la consagración. Para él, será estar muy cerca del Pontífice. Para su familia, una emoción difícil de poner en palabras.
La historia de Nicolás tiene un recorrido particular. Es de San Nicolás, pero desde hace aproximadamente un año vive en Capitán Bermúdez, donde funciona el seminario menor San Carlos Borromeo.
Allí cursa la secundaria y comparte la vida cotidiana con otros adolescentes que, como él, decidieron acercarse a la formación religiosa. No está solo: su hermano Juan Bautista, de 17 años, también vive en la institución y fue quien, de alguna manera, abrió el camino.
Carlos y Catalina son los padres de ambos. Tienen cuatro hijos: Juan Bautista, Nicolás, Sofía, de 11 años, y Matías, de 6. Los dos mayores dejaron su casa para instalarse como pupilos en el seminario, mientras que los más chicos siguen viviendo con ellos en San Nicolás. La distancia implica organizar visitas cada quince días y, cuando viajan en colectivo, hacer un recorrido que puede llevar hasta tres horas.

La fe siempre estuvo presente en la familia. Carlos trabaja como metalúrgico y colabora en la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, de San Nicolás. Catalina es catequista. Se conocieron dentro de la Iglesia, cuando formaban parte del movimiento salesiano, se enamoraron y construyeron una familia en la que la religión forma parte de la vida cotidiana.
“Nosotros somos una familia católica. Nos conocimos como novios dentro de la Iglesia, nos enamoramos, nos casamos y vivimos en la fe. Después nuestros hijos nacieron y fueron a un colegio católico porque queríamos que crecieran con esos valores”, contó Carlos en diálogo con TN.
Una vocación que creció entre parroquias y el seminario
La vocación de sus hijos fue algo que los sorprendió incluso a ellos. Juan Bautista fue el primero en tomar la decisión de ingresar al seminario. Cuando cursaba tercer año de secundaria en San Nicolás, decidió cambiar de escuela e irse a vivir a Capitán Bermúdez. Nicolás observó esa experiencia de cerca, empezó a interesarse y finalmente quiso seguir sus pasos.

“Juan fue el que lo impulsó. Le decía: ‘Nico, vamos, venite a la escuela conmigo’. Después Nicolás vio eso, se enamoró del lugar y se quiso ir”, recordó su papá. Los padres les ofrecieron la posibilidad de quedarse en casa y terminar la secundaria antes de dar ese paso, pero ninguno de los dos quiso esperar.
Catalina todavía se sorprende cuando recuerda aquella decisión. “Nunca me imaginé, como mamá, decir que mi hijo iba a querer ser sacerdote. Ellos tuvieron un llamado y no pudieron esperar para responder. Nosotros les dimos la opción de que se quedaran en casa, pero no quisieron”, contó.
La familia aprendió entonces a convivir con la distancia: los chicos regresan cada quince días y, cuando las posibilidades económicas no permiten viajar en auto, sus padres toman dos colectivos para llegar hasta el seminario.

La elección de Nicolás para participar de la misa en Luján fue definida por los sacerdotes y formadores de la institución. Entre los seminaristas se seleccionaron tres jóvenes para el rito del lavabo, que se realiza antes de la consagración. Según explicó Carlos, se tuvieron en cuenta la historia de cada uno dentro del seminario, su comportamiento y su manera de relacionarse con los demás. Juan Bautista también estará presente, junto a sus compañeros, en el grupo de seminaristas que acompañará la celebración.
Para sus padres, hay algo de esta historia que viene de mucho antes. Recuerdan que, cuando eran chicos, Juan y Nicolás se subían a sus bicicletas y se acercaban a distintas parroquias para ayudar durante las misas. Se quedaban como monaguillos incluso en celebraciones de días de semana.
“Desde chiquitos iban con sus bicicletas y se quedaban a ayudar al padre. Iban los sábados y los domingos. Desde ahí tienen ese amor por servir”, contó Carlos.
El camino que empezó mucho antes de conocer al Papa
Cuando habla de Nicolás, su papá destaca especialmente su personalidad y la facilidad que tiene para acercarse a los demás. “Tiene la gracia de ser buena gente, de tener un corazón puro y humilde, de llegar a la gente, a los adolescentes, a los niños. Esto no es mérito de su papá ni de su mamá. Es mérito de él y del Espíritu Santo, y también de su escuela formadora”, expresó.
La posibilidad de que sus dos hijos mayores elijan en el futuro convertirse en sacerdotes es algo que Carlos y Catalina acompañan, aunque sin adelantarse a los tiempos. Saben que todavía son adolescentes y que queda un largo camino de formación y discernimiento.
“Un sacerdote estudia siete años a partir de los 18. Ellos tienen 15 y 17, todavía falta mucho”, aclaró Carlos. Y agregó: “Nosotros, como papás, con los pies puestos en la tierra, los vamos a acompañar y aconsejar de la mejor manera que podamos”.
La llegada de León XIV también tiene para él un significado familiar. Carlos recordó a sus abuelos, que rezaban por las cosas buenas, y encontró en esta experiencia una continuidad de aquella fe que lo acompañó desde chico. “Es una emoción tan grande que te llena de esperanza. Mis abuelos rezaron y este chico llegó ahí. Eso me hace pensar que todo se puede. No hay que perder la fe, no hay que bajar los brazos, hay que seguir intentando”, dijo.
El 11 de noviembre, Nicolás estará frente al Papa en la misa que se celebrará en la plaza de la Basílica de Luján. Su hermano mayor también será parte de la jornada. Carlos y Catalina los acompañarán desde el lugar que ocuparon siempre: el de unos padres que vieron crecer a sus hijos, respetaron sus decisiones y aprendieron a acompañarlos incluso cuando eso significó tenerlos lejos de casa. Esta vez, la distancia quedará en segundo plano: los dos estarán juntos en una celebración que ninguno de los cuatro olvidará.


