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Vivir en la marea incesante

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Desde hace mucho tiempo -quizás desde nuestro mismo origen como país- la vida en Argentina se agita y revuelve, como si siempre estuviéramos entre las olas de un mar. Sin embargo, en nuestro caso, esa “marea” solo sube y sus golpes en la rompiente son muchas veces violentos. Esas olas son prejuicios, resentimientos, revanchismos, intolerancia, imposibilidad de escuchar, contemplar y considerar a quien piensa, decide o elige de manera diferente.
En ese mismo escenario, la necesidad de encontrar culpables sin reconocer responsabilidades propias, es cosa habitual, diaria. Y un país de culpables (para unos y para otros, depende quien eche las culpas) no puede ser un país de responsables.
El problema de vivir en esa “marea incesante”, sin pausa y sin sedimentación, es que se naturaliza y se crea acostumbramiento y adicción. Se fijan la sensación y la creencia de que “las cosas son así”, de que no pueden ser de otra manera, de que el enfrentamiento, la sospecha, el resentimiento, el rechazo, la intransigencia, el sectarismo, el fanatismo son muestras de afirmación, y que quien mejor los ejercite será el ganador.
Las energías individuales y colectivas se desaprovechan día a día en esa forma de vida y de vinculación, a las que se procura justificar o disfrazar bajo autoelogios como los que dicen que somos “apasionados”, “creativos” o “vitales”.
Desde tiempos inmemoriales, la sociedad argentina llega al final de cada año con una sensación recurrente: la de haber sobrevivido a “El año que vivimos en peligro”. Por distintas razones, los años siempre nos parecen interminables y el alivio por la supervivencia dura solo hasta el próximo golpe de la ola. Acaso alguna vez llegue un año realmente inolvidable, un año previsible, tranquilo, sin grandes acontecimientos, con rutinas que cimenten una convivencia lógica, privado de falaces promesas de grandeza, pero con la irreemplazable sensación de que la marea nos da un respiro.

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