En 2018, los politólogos estadounidenses Steven Levitsky y Daniel Ziblat publicaron el libro «Cómo mueren las democracias», un trabajo en el que intentan explicar de manera fundamentada y crítica los problemas de gran parte de las democracias representativas y cómo muchos países antaño democráticos se desmoronan por la presencia de dirigentes con creciente animosidad y escasa efectividad –por incapacidad o conveniencia- en la consecución del bien común.
El libro advierte que «todas las democracias son frágiles» y revela elementos comunes a los procesos democráticos que vislumbran carencias desde los ’70 hasta hoy. Los autores pusieron como ejemplo a Venezuela y Nicaragua, pero situaciones similares se han presentado en Hungría, Turquía, Polonia, Perú y Filipinas.
En su trabajo, Levitsky y Ziblat estiman que fenómenos de corrupción generalizada, sumado –sobre todo en esta parte del mundo- a las malas condiciones económicas que atraviesan los países, muchas de ellas generadas por las viejas recetas de organismos intervencionistas como el Fondo Monetario Internacional o por el statuo quo construido en economías históricamente injustas en la distribución de la riqueza, lleva a que muchos ciudadanos comiencen a dudar de los beneficios del sistema democrático. Con ello, a veces el electorado vira sus preferencias hacia líderes autoritarios o de origen foráneo a la política tradicional, maneras políticamente incorrectas y soluciones “mágicas” a problemas complejos. Los resultados suelen ser un ejemplo más del célebre “a veces es peor el remedio que la enfermedad”. Por todo ello, éste parece ser, también en nuestro país, un momento clave para respetar y valorar nuestra democracia.
Los “outsiders” de la política han venido a pretender ocupar un lugar mesiánico en el imaginario popular, embanderándose como dueños de la verdad política. Lo visto en Estados Unidos y Brasil recientemente, con los seguidores de Trump y Bolsonaro, respectivamente, solo evidencia que lo único que los mueve es el ansia de poder y el desprecio por la democracia. Y eso, más que novedoso, es preocupantemente peligroso.




