Hace 2500 años, también en marzo, el siempre polémico dictador de la República Romana Julio Cesar se dirigió al lugar de su muerte -el Senado Romano- con muchas señales que le anticipaban una desgracia. No fueron sus enemigos quienes lo emboscaron, sino que fue una conspiración construida entre sus aliados e, incluso, leales amigos que entendían que las prácticas del Cesar estaban horadando irremediablemente las bases de la República. Los autores del magnicidio -al menos una mayoría de ellos- estaban convencidos que había un bien superior que tutelar. Todo esto sucedió en el transcurso de la festividad de los Idus de marzo (alrededor del 15 del mes en el actual calendario gregoriano) El romano tenía una concurrida pulsión a dividir el mundo entre leales y traidores, y nunca atendió las señales que le presagiaban un mal destino. Plutarco explica que, el día final de su vida, Julio César llegó al Senado abriéndose paso entre las peticiones de unos y de otros. Varios senadores le hicieron peticiones. Una vez que César se sentó, no quiso atender más ruegos porque estaba “harto de escucharlos”, fue en ese preciso momento en el que “Tulio, cogiéndole la toga con ambas manos, la retiró del cuello, que era la señal de acometerle”, describe Plutarco. Los líderes del plan habían sido –vaya coincidencia- Casta y Bruto, hijo adoptivo de César. Varios senadores lo rodearon y desenfundaron sus puñales y gradius e iniciaron el ataque. Minutos después, Julio César, estaba muerto. Y así, el que pudo ser líder del mayor imperio de la época no pudo serlo porque sus ansias irrefrenables de poder lo llevaron a considerarse invencible. Algo que, como muestra la historia cada tanto hasta hoy, no es posible para los seres humanos, incluso para aquellos que se autotitulan descendientes de los dioses.




