Un informe reciente de la Unión Industrial Argentina encendió las alarmas en el sector productivo tras revelar que el 9,2% de las empresas registraron atrasos simultáneos en el pago de salarios, proveedores, compromisos financieros, impuestos y servicios públicos durante el mes de julio. Esta cifra, que duplica ampliamente el promedio histórico del 4%, representa el nivel más alto del que se tenga registro. En diálogo con FM Vos (94.5), Agustín Remondino, consultor pyme, analizó las causas estructurales de esta parálisis operativa, la pérdida de los tres ejes básicos de sustentabilidad empresarial (ventas, márgenes y crédito), la alta presión fiscal, y la necesidad impostergable de que el sector productivo adapte su modelo de negocio hacia la competitividad internacional en lugar de reclamar saltos cambiarios o proteccionismo.
La parálisis de los tres pulmones productivos y el estrangulamiento financiero
Para explicar la crisis actual por la que transita el entramado industrial y la acumulación de mora en las cadenas de pago, Remondino recurrió a una analogía sobre los pilares operativos mínimos que requiere cualquier compañía para subsistir y desarrollarse. «Argentina es un país que tiene tres pulmones y cualquier empresa industrial necesita esos tres pulmones. El primero es la venta, para que ingrese dinero, situación que hoy no se está dando por la caída de las ventas locales, donde lo que se necesita es ampliar el mercado hacia el ámbito internacional. El segundo es mejorar los márgenes, que se han achicado por cuestiones de inflación, impidiendo tener la caja suficiente para operar y cumplir con los pagos que justamente se están atrasando, además de administrarse mejor y reducir costos. El tercero es el crédito, que es lo que permite atravesar cualquier tormenta, equilibrar la relación entre compras y pagos, e invertir para crecer», detalló Agustín Remondino al inicio de la nota. «Hoy la industria argentina no tiene ninguno de esos tres pulmones funcionando: bajó la venta, los márgenes se achicaron y no hay crédito disponible, sumado a que los impuestos municipales y provinciales afectan e inducen la capacidad de inversión. Por eso es lógico que se atrasen los pagos y que la cadena productiva se vaya demorando», aseguró.

Inserción internacional, capacidad ociosa y la urgencia de cambiar el modelo de negocio
El escenario de baja demanda local contrasta con la baja escala exportadora del país. Con una capacidad instalada que ronda apenas entre el 50% y el 60%, las pymes se ven obligadas a reformular con rapidez su vínculo con el cliente y enfocar sus productos hacia el mercado global. «Como el modelo de negocio cambió, la situación a la que tienen que adaptarse las empresas hoy es cada vez más rápido y más cerca del cliente. Las empresas que están teniendo éxito son las que se adaptan rápidamente a trabajar con el consumidor, a definir ese nuevo segmento que hoy es más ágil e impulsivo, y que puede comprar mayor volumen en un mercado mucho más amplio», consideró Remondino. «Existe un dato que me gusta recalcar: las firmas que exportan en Argentina están entre el 1% y el 2%, tanto industriales como comerciales. En Latinoamérica el promedio está en torno al 10% y en Europa roza el 40%. Nosotros tenemos industrias con una utilización de capacidad productiva muy baja, de entre el 50% y el 60%. Esa capacidad no la pueden explotar, los costos fijos se mantienen, los márgenes se achicaron y el mercado se amplió, pero Argentina todavía no está exportando ni hay créditos para invertir», advirtió. «El mercado hoy es internacional, es todo el planeta. Argentina tiene que entender que la competitividad es clave y salir a buscar nuevos clientes, entendiendo que hay que salir a competir», sentenció.
La presión impositiva subnacional y la distorsión de la competencia
Al abordar las críticas gubernamentales hacia los sectores industriales que operaban bajo esquemas cerrados, Remondino coincidió en la necesidad de pasar a un esquema de oferta y demanda, aunque advirtió que la cancha debe nivelarse reduciendo las cargas tributarias que imponen las provincias y las comunas. «En un sistema proteccionista cerrado podés vender solamente a tu país y sos el único que determina los precios; en un mercado competitivo existe la oferta y la demanda, con cadenas donde conviven miles de marcas de distintos países y el consumidor elige. Pero para competir de igual a igual se necesitan las mismas condiciones. Una regulación laboral e impositiva tiene que suceder no solo desde el gobierno nacional, sino también desde las provincias y los municipios», planteó el experto. «El impuesto más distorsivo es Ingresos Brutos, porque se cobra en cada una de las etapas de la cadena de valor entre la producción y es de origen provincial. Ocurre lo mismo con las tasas municipales, que son impuestos disfrazados donde terminan exigiendo pagos sin ninguna retribución de servicios», afirmó. «Necesitamos una reorganización impositiva en los tres niveles de gobierno. Hace poco se conoció un informe que muestra cómo hay industrias que se están trasladando de la provincia de Buenos Aires hacia Córdoba o Santa Fe porque tienen menor carga impositiva. Eso es un primer indicio de que la baja de impuestos genera mayor productividad, trabajo y aumento del PBI, lo que a su vez incrementa el ahorro y el poder adquisitivo de los consumidores», comentó.
El rechazo a la devaluación y la ley de adaptación en el mercado
Ante el debate macroeconómico sobre la posibilidad de aplicar un salto en el tipo de cambio para devolver competitividad a las exportaciones, el consultor desestimó la medida por considerarla un retroceso inflacionario y sostuvo que las empresas deben enfocar sus esfuerzos en la eficiencia. «Pedir una devaluación significa volver al pasado; significa querer tener otra vez una moneda volátil que no tiene sentido para ser competitiva ni para que los consumidores tengan mayor poder adquisitivo real. Lo que hay que entender es que el modelo de negocio cambió. Las industrias que estén cerca del mercado, compitiendo con bajos márgenes, alta eficiencia y buena producción, van a seguir siendo rentables. El resto de las empresas que no puedan adaptarse a eso van a tener un escenario muy difícil», vaticinó. «No se puede pedir devaluación ni proteccionismo para volver a pescar en la pecera. Tienen que abrir el mercado, competir a nivel internacional, bajar los costos y dejar que el consumidor sea el que tiene la potestad de elegir la industria que mejor se desempeñe. Coincido en que hay que hacer una regulación laboral e impositiva para dar las condiciones, pero no se puede pedir devaluación para volver a una situación que no era viable en el tiempo», expresó. «Estamos en la mitad del río, pero es momento de seguir nadando. Darse vuelta y mirar para atrás no es una opción porque el río te arrasa. Nos malacostumbramos a creer que lo único que tenía que hacer un empresario era subir precios, ajustar por inflación, comprar de cualquier forma y producir, porque las empresas estoqueaban de más y los consumidores compraban como reserva de valor. Hoy la competitividad es el eje central: los empresarios tienen que ponerse los pantalones y salir a competir», declaró el especialista. «Es muy fácil tomar una excepción y querer transformarla en regla. Debemos enfocarnos en la regla general de la mayoría y, desde allí, atender las excepciones. Las economías regionales vulnerables pero productivas y necesarias deberán ser acompañadas en esta transición. Para que el país crezca se requiere producción y empresas eficientes a las que los consumidores elijan comprar», remarcó al cierre de la comunicación.


