En medio de las discusiones de todo tipo que depara un eventual pago de nuestro país al Fondo Monetario Internacional por el empréstito que el gobierno de Mauricio Macri tomó de parte del organismo internacional –el mayor de la historia–, no se puede olvidar el escenario que muestra la Argentina de 2022, donde la pobreza se ha convertido en una condición ineludible para la mayoría de nosotros. Las cifras oficiales muestran claramente cómo la cifra de marginados –de otra forma no se puede calificar a quienes «el sistema» ha prácticamente expulsado de su seno– permanece demasiado alta.
Siempre hubo pobres en la Argentina, como hubo y hay en otras partes del mundo. La diferencia entre nuestro país y otros radicaba en que su conformación facilitaba oportunidades para que se abandonara ese indeseable estado y arribar a otro mejor. En el origen de nuestra nación, las masas de inmigrantes llegaron mayoritariamente pobres, y pobres también eran muchos de quienes los recibieron aquí. Pero, con voluntad, imaginación y –fundamentalmente– trabajo, muchos de ellos pudieron salir adelante, establecer a sus familias, aportar a su progreso personal y al comunitario. Y quienes no consiguieron un éxito económico notable, lograron –al menos– ver a sus hijos como profesionales, empleados calificados, agricultores en su propia tierra, etc.
El descenso de las clases medias hacia las bajas y de estas a las que ya se internan en el campo desesperante de la miseria, se inició hace ya varios años. El fenómeno ha significado una brutal transferencia de ingresos económicos desde las capas inferiores a las superiores, pero para peor no se advierte que eso, que en otras naciones pudiera suponer un acopio para establecer planes de desarrollo integrales, fructifique en nuevas fuentes de trabajo.
La Argentina debe reencontrarse no con un pasado que es ilusorio pretender retomar, pero sí con su tradición de solidaridad, imaginación y aportes de ideas para favorecer su crecimiento. El futuro, en tanto, deberá estar direccionado a una generación genuina de recursos –y su eficiente distribución– y no a la toma de créditos que, mal utilizados o despilfarrados, siempre han sido más perjudiciales que beneficiosos.




