El psiquiatra Hugo Marietan, referencia obligada en el tema, afirmaba tiempo atrás que “los políticos de fuste generalmente son psicópatas, por una sencilla razón: el psicópata ama el poder. Usa a las personas para obtener más y más poder, y las transforma en cosas para su propio beneficio. Esto no quiere decir, desde luego, que todos los políticos o todos los líderes sean psicópatas, ni mucho menos, pero sí que el poder es un ámbito donde ellos se mueven como pez en el agua”.
Desde ya, no se puede ni debe afirmar que todos los políticos son psicópatas, pero basta con que uno o alguno de ellos alcancen el poder para que esta característica de su personalidad se manifieste y afecte a una sociedad. Y desde allí intentará trasgredir todos los contratos morales y sociales y obviar los protocolos, las normas y los deberes institucionales. “Un dirigente común sabe que tiene que cumplir su función durante un tiempo determinado, apuntaba Marietan, y, cumplida su misión, se va. Al psicópata, en cambio, una vez que está arriba, no lo saca nadie: quiere estar una vez, dos veces, tres veces. No larga el poder, y mucho menos lo delega. Alrededor del dirigente psicópata se mueven obsecuentes, gente que, bajo su efecto persuasivo, es capaz de hacer cosas que de otro modo no haría”.
Una característica del psicópata es que toda su energía y su atención están puestas en sus fines (que pueden ir desde engrosar su fortuna hasta garantizarse impunidad o permanencia en el poder) al punto en que la falla de alguna de sus artimañas o el despertar de sus víctimas lo desorganiza, lo descontrola y lo empuja a cometer una serie de errores cuya gravedad va en aumento. Mientras tanto, necesita que haya crisis, incertidumbre y un clima de zozobra en el cual pueda presentarse como figura salvadora. La tranquilidad, la calma, la estabilidad lo desconciertan, le hacen perder el rumbo y la paciencia.
Algunos de nuestros políticos parecieran ser un claro ejemplo de esto que no pareciera ser una patología sino, más bien, una manera de ser.




