En Argentina hoy es el Día del Maestro. Pero el del 2020 no es uno más. La fecha rememora la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, quien en vida fuera –entre otras cosas- político, docente, escritor, periodista, militar y, fundamentalmente, estadista, y que realizara diversos aportes a nuestra vida como sociedad. Protagonista de una de las llamadas “presidencias fundantes” de nuestro país (1868-1874), al sanjuanino le debemos mucho de lo que hoy somos los argentinos.
Desde los tiempos de Sarmiento, muchas cosas han variado para bien y para mal en la educación nacional pero, más allá de discusiones coyunturales, casi nadie se animaría a negar la importancia de los docentes a la hora de construir una sociedad mejor. Los maestros son el cuerpo de aquella “alma” que imaginó Sarmiento y que siguieron otros.
Este año, además, la pandemia y la cuarentena han deparado un nuevo desafío para el cuerpo docente nacional, que debió adaptarse a un entorno y a un sistema inédito. Las falencias estructurales han obligado a nuestros docentes a tener que redoblar esfuerzos para seguir educando, aportando –muchas veces- más que antes de la pandemia, que ya era mucho.
Los chinos afirman: “Si estas planeando para un año, planta arroz; si estas planeando para una década, planta árboles; si estas planeando para una vida entera, planta educación”. No se equivocan ni un poco…
La escuela argentina se ha convertido en una especie de “contracultura social” constituyendo un ámbito donde se va a contramano de todos los disvalores que se presentan fuera de él. La búsqueda de la excelencia, la idea del esfuerzo a la hora de conseguir objetivos y –fundamentalmente- la transmisión de valores (con todas las carencias del caso, este año palmariamente evidentes) constituyen las ideas rectoras dentro de los establecimientos educativos para luchar contra ese “afuera” donde el facilismo y la inmediatez dominan la escena y en el cual la escala de valores se ha visto trastocada de forma preocupante. En esa inteligencia, el trabajo de los docentes es vital y, por ello, su valoración y respeto debería ser insoslayable. Hoy más que nunca.




