En general, los candidatos que compitieron –y compiten- en las elecciones de este particular 2023 protagonizaron y protagonizan una campaña poco poblada de proyectos o propuestas concretas para mejorar la calidad de vida de la gente. Por lo que pudo leerse y escucharse, la mayoría de ellos se refirió a ideas generales y, en demasiadas ocasiones, a criticar a los rivales partidarios.
La campaña electoral ha sido extremadamente anodina y la centralidad la tuvieron las acusaciones cruzadas, no sólo entre el oficialismo y la oposición sino también en la interna de los partidos. En los pretendidos debates ha prevalecido la verborragia sobre temas superfluos, las inconsistencias, los traspiés verbales y el ridículo. Más aún, pareciera que el pesimismo, la desazón y la resignación que evidencia gran parte de la sociedad, en lugar de promover en el sistema político la búsqueda de soluciones, incentivan la mediocridad.
La lectura de lo que se dijo o se dejó de decir concluye en que para los candidatos no resulta redituable abordar los temas centrales y urgentes, sino más bien diferenciarse del resto y ser lo más extremo posible.
Para algunos, el problema central de la arena política partidaria es la “grieta” que divide a las ahora tres principales tendencias políticas que (mal) conviven en nuestro país. Sin embargo, el principal problema es la falta de consenso de gran parte del espectro político y de amplios sectores de la sociedad para lograr el bien común.
Es de esperar que la campaña de las elecciones presidenciales de octubre sea más fructífera y, sobre todo, que luego esas promesas se cumplan en la práctica.
La política como actividad es inherente al ser humano. Las eventuales críticas no deberían ir dirigidas a ella sino a sus protagonistas, que son quienes –en definitiva- la ejercen de buena o mala manera.




