Con un 2022 que comienza a despedirse, el año próximo se acerca como si fuera uno más de los tantos “clave” que hemos tenido a lo largo de nuestra vida como país. No solo por su característica de año electoral, sino porque la eventual salida a esta nueva crisis (la enésima de nuestra historia) exigirá varias definiciones en el seno la sociedad argentina.
La economía volverá a ocupar, seguramente, un espacio destacado dentro de nuestras preocupaciones y de su desarrollo muy probablemente dependan las visiones y decisiones futuras. Los índices de inflación, pobreza y pérdida de poder adquisitivo para una parte mayoritaria de la población siguen siendo harto preocupantes, por lo que el mejoramiento o no de esas condiciones será clave para la evaluación de la actual gestión nacional y, en consecuencia, para la decisión ciudadana de seguir acompañando a su espacio partidario o no. Y es que, más allá de que a los dirigentes les guste o no, el bolsillo sigue siendo por estos lares el órgano más sensible y en épocas como esta su sensibilidad suele exacerbarse.
En medio de esa coyuntura, otro misterio a develar es si los argentinos como comunidad dejaremos de lado las últimamente omnipresentes y generalmente perniciosas polarizaciones que nos dividen. Las “grietas” que hoy protagonizamos no tienen que ver solo con cuestiones políticas partidarias sino también con fenómenos como la cultura de género y hasta lo que debiera ser un suceso de unión, como la lucha contra una pandemia o la consagración de la selección de fútbol en el Mundial. Muchas –por no decir todas- de nuestras interacciones sociales de estos días están fatalmente atravesadas por el “blanco o negro” más propio de los fanatismos que de la búsqueda de consensos, fundamentales estos últimos para intentar salir de momentos críticos como el actual. Lamentablemente, la realidad muestra que la tendencia a la división lejos de ir en decrecimiento muestra hoy una preocupante hipertrofia y la idea de “juntarnos para bien de todos” no aparece en nuestro horizonte más que como una cándida utopía. Así, la evolución es cada día más lejana.




