En un tiempo en que la radicalización y la desconfianza mutua parecen imponerse en muchos países, el mensaje que deja el Papa Francisco invita a trabajar por una humanidad más fraterna y reconciliada. El argentino lo hizo con la humildad de quien no impuso, sino que propuso; con la esperanza de quien no negó el dolor, pero confió en la fuerza transformadora del amor.
Durante su pontificado, Francisco llamó a construir un futuro donde todos puedan vivir con dignidad. Y por eso, es necesario reflexionar con las enseñanzas de un pastor que no temió abrir caminos nuevos en medio de un mundo que propone levantar muros.
En ese sentido, cabe recordar lo que fue su primer viaje pastoral fuera de Roma, apenas cuatro meses después de su elección como líder de la Iglesia Católica, cuando visitó la isla de Lampedusa, en julio de 2013. Allí, ante el drama de los migrantes que cruzan el Mediterráneo en busca de esperanza, el Papa pronunció palabras que aún resuenan con fuerza: «La globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar».
En ese encuentro, Francisco no habló desde una postura distante, sino como un pastor conmovido por el clamor de los olvidados. Utilizando el lenguaje del corazón, instó a la humanidad a no acostumbrarse al dolor ajeno y a reencontrar el valor de la compasión activa. «¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas?», preguntó. En Lampedusa, el Papa puso rostro humano a las cifras frías de los naufragios, recordando que la fe cristiana no puede ser indiferente frente al sufrimiento.
Para Francisco, los migrantes, los marginados y los desposeídos, con sus rostros, lenguas, historias y esperanzas, no son amenazas, sino partes indispensables del todo. Cada uno de ellos representa una «cara» única del poliedro humano, que debe ser reconocida y valorada. Francisco nos recordaba así que la diversidad no es un problema a resolver, sino una riqueza a abrazar. Ojalá sigamos su ejemplo.




