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Se conocieron estudiando en la universidad, se reencontraron 27 años después y sintieron el mismo amor intacto

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Permanecer sereno y abrazar la presencia de un instante eterno. A veces eso es el amor.

Hay historias que terminan. Y hay otras que simplemente quedan suspendidas, esperando el momento exacto para volver. Aunque tal vez nunca regresen, hay algo en la ilusión del mañana que las mantiene vivas.

Tere tenía 22 años cuando escuchó hablar por primera vez de Pedro. Estudiaba Medicina en la UBA y acababa de tomar una decisión que la hacía sentir derrotada: después de probar un año Psicología, había decidido volver a Medicina, aunque eso implicara atrasarse y separarse de sus mejores amigas. “Como consuelo, me enteré de que este chico Pedro, también se cambió de carrera, ¡o sea que lo vas a tener de compañero!”, la alentó su amiga Laura. Tere no tenía idea de quién le hablaba. “¿Cómo no sabés quién es? Es el chico más lindo de la facultad”, aclaró como si mencionara, en aquella época, a Luis Miguel.

Tere pensó que exageraba. En el año 92, cursando Medicina, las clases eran “mega”, había miles de alumnos. “Te juro que cuando lo veas vas a saber quién es”, le aseguró Laura. Dicho y hecho, el primer día de clases de su segundo año entró al teórico de Bioquímica, levantó la vista y lo supo: “Era el más lindo de la facultad”, recita hoy, todavía sonriendo. “Lo vi y dije, ‘Tiene que ser él’”, dice volviendo al día clave, y lo describe como si lo estuviera viendo sentado en esa clase: “Morochón, ojos verdes increíbles, cara de malito, hermoso, te llamaba la atención. Todas las chicas giraban alrededor suyo”.

Cuando lo conoció, recién se había cambiado de carrera. (Foto ilustrativa generada con IA)
Cuando lo conoció, recién se había cambiado de carrera. (Foto ilustrativa generada con IA)

Ella decidió que tenía que acercarse. Semana tras semana fue sentándose cada vez más en zona, mientras Pedro seguía “con su grupete de chicas que le revoloteaban y él, todo simpático, charlaba con todas”. Entonces, se iba sentando cada vez más cerca hasta que un día logró la ubicación perfecta para entablar diálogo. Le mintió. “Yo a vos te conozco”, fingió ella. Él respondió con cara de “yo a vos no”. Gracias a un fino trabajo de campo, le inventó que lo conocía de cumpleaños de amigos en común. Él la miró confundido. “No te recuerdo”, contestó el codiciado. Pero como lo conocido genera confianza, el argumento resultó ser un buen gancho para que Pedro picara.

A partir de ahí empezaron a darse cada vez más. Tere con un audaz objetivo: “Yo a este pibe me lo voy a levantar”. Así transcurrieron esos gloriosos años de facultad, cuando ambos tenían 22 años: “Era una nena”, dice, como excusándose de lo que llama “pavadas de la edad”. Armaron un grupo de estudio, que eran un montón, más ellos dos.

Lo que vino después fue el amor universitario en estado puro: grupos de estudio que terminaban de madrugada, horas compartidas en bibliotecas, apuntes desordenados, cafés eternos y guardias emocionales. Escenas típicas de estudiantes de medicina. Tere fue haciendo su “laburito de hormiga” hasta que terminaron estudiando los dos solos. Una tarde, mientras repasaban Fisiología tirados en el sillón de la casa de él —mejor dicho, de sus padres—, Pedro la besó. “Sentí: no puedo creer, lo logré”, recuerda, y de pronto simplifica en dos palabras: “Nos enamoramos”.

Fueron novios durante más de dos años. Intensos, románticos, inseparables. Se escribían cartas de amor, planeaban el futuro y pasaban más tiempo juntos que separados. “Cuando estudiás medicina estás muchas horas juntos, o sea, era como una convivencia, pero inclusive antes de ponernos de novios yo ya dormía en su casa. Era algo habitual porque nos la pasábamos estudiando”, explica la cotidianeidad de un estudiante de medicina. “Estábamos muy enganchados. Éramos esos novios enamorados de ‘te amo’, a las dos semanas de empezar. Cartitas de amor. Vacaciones juntos, éramos recontra novios”, detalla con vehemencia la potencia del vínculo.

Pero también discutían mucho. Él era serio, malhumorado, introvertido. Ella, luminosa, expansiva, amigable. “En esa época yo era ultrasimpática, hipersociable y entonces me molestaba que él no fuese así; que no hiciera el esfuerzo de conectar y me empecé a hinchar…”, relata Tere lo que sería el principio del fin. Hasta que un día, durante una conversación telefónica donde debatían para anotarse en la unidad hospitalaria, Tere explotó. “No aguanto más tu mal humor”, le declaró. Y, sin más, lo dejó.

Cuando ella se animó a hablarle, empezaron a pasar mucho más tiempo juntos. (Foto ilustrativa generada con IA)
Cuando ella se animó a hablarle, empezaron a pasar mucho más tiempo juntos. (Foto ilustrativa generada con IA)

Él se enfureció. Ella sintió que había tomado la decisión correcta. Tenía poco más de 20 años y la arrogancia hermosa de quien cree que siempre habrá otro amor esperando a la vuelta de la esquina. “Debía tener la autoestima más alta de lo que la tengo ahora porque en ese momento sentí mucho poder de, bueno, te mando a la m… y ya va a aparecer otro mejor que vos”, narra con algo de culpa y arrepentimiento lo que debería ser justo y luminoso: valorarte para que te valoren.

Pedro se ofendió y no volvieron a hablarse más. Eso fue en 1995.

Cuando Tere empezó en la unidad hospitalaria, una compañera le dijo: “Ah, vos eras la novia de Pedro”. Pero la frase, que parecía ser todo un reconocimiento, terminó en mala noticia: “Volvió con su novia anterior”. Tere “indignada” lo odió más que nunca.

No se vieron por mucho tiempo. “Él tuvo cien mil novias más”. Durante años apenas supieron del otro. En una época en la que todavía no existían las redes sociales ni los celulares, perderle el rastro a alguien era mucho más sencillo: simplemente desaparecía de tu mapa. Hasta que, tres años después de la separación, sonó el teléfono fijo de Tere. Era Pedro. “¿Podemos ir a charlar? Me di cuenta de que no quiero ser clínico, quiero hacer lo que hacen tus viejos”, emergió de la nada. “Porque él quería mucho a mis viejos”, conmemora Tere a sus padres, ambos reconocidos neurólogos. “Fuimos a almorzar a una pizzería de Canning y Loyola. Yo resuperada, no me movió ni un pelo”, relata delatando la edad en la forma que menciona la hoy llamada Av. Scalabrini Ortiz.

Pedro siguió la misma especialidad que ella y sus padres. A veces se cruzaban en congresos médicos o jornadas de residentes. “Pero yo estaba de novia. Él estaba de novio, era, ‘hola, ¿qué tal?’, y nada más”, aclara Tere.

La vida siguió. Cada uno terminó la carrera y comenzó a armar su familia. Ella se casó. Él también. Hasta que una mañana, muchos años después, mientras Tere estaba embarazada de su primer hijo —que hoy cumple 22 años—, volvió a sentir “algo”. Los dos eran jefes de residentes en distintos hospitales y coincidían en reuniones semanales. Entre exposiciones aburridas y discusiones técnicas, empezaron a mirarse con complicidad. Se entendían con una sonrisa mínima. Se reían de las mismas cosas. “Me acuerdo de haber pensado: ‘Me tengo que ir de acá porque esto es peligroso’. Yo estaba embarazada, ¡imaginate!”. Y volvió a alejarse.

Pasaron décadas. Tere se separó de su marido. Él no. Llegó la pandemia, como un huracán, para todos: desordenando certezas, poniendo la existencia patas arriba. Pero hubo una noche en noviembre de 2021 que para Tere fue brutal. Su hijo de 15 años sufrió una hemorragia digestiva severa y terminó internado de urgencia. “Fue el peor susto de mi vida”.

Esa noche, mientras dormía incómoda en un sillón de hospital, el celular vibró. “Hola, Tere. ¿Qué hacés, tantos siglos? Mirá la foto que encontró mi hermana”. Era Pedro. Rarísimo porque no hablaban “hacía mil”. Pero así son las señales del corazón: aparecen justo cuando estás a punto de bajar los brazos.

Adjunta venía una imagen noventosa: ellos dos, divinos y colagenados, abrazados en una Navidad de los 90. “Mirá qué lindos y jóvenes que estábamos”, escribió él. Tere le respondió casi sin pensar: “Me sacaste una sonrisa en el peor día de mi vida”. ¿Existen las casualidades o hay alguien de arriba que nos salva cuando ya no damos más?

A pesar de estar separados, seguían cruzándose en los hospitales y congresos. (Foto ilustrativa generada con IA)
A pesar de estar separados, seguían cruzándose en los hospitales y congresos. (Foto ilustrativa generada con IA)

A partir de ahí empezaron a hablar todos los días. Primero sobre el hijo de ella. Después, sobre sus vidas. Sus matrimonios. Sus frustraciones. El paso del tiempo. Él le confesó que estaba muy mal con su mujer. “Deberíamos ir a tomar un café”, propuso Pedro.

El café tardó meses en concretarse. Tere tenía la cabeza puesta en la salud de su hijo y postergaba el encuentro una y otra vez. “Toda mi energía estaba puesta en que mi hijo se pusiese bien”. Pero finalmente, en abril de 2022, aceptó. Tenían 51 años.

“Puedo algún martes a la mañana cuando salgo del hospital”, sugirió él. Tere lo esperó “ingenua” sentada leyendo en un bar de Palermo. Y cuando levantó la vista y lo vio entrar, sintió algo inmediato y devastador: “Ay, me gusta este pibe, ¡qué cagada!”.

Hablaron durante horas. Como si no hubieran pasado 27 años. “Fue como si nos hubiera caído el cono del silencio del Superagente 86 encima”, cuenta mientras dibuja un área invisible con las manos para señalar ese momento único en que no hay nadie más que dos almas enlazadas. “No escuchábamos nada más”. Se contaron toda la vida; se “mataron” de risa; y volvieron a conectar: “Fue hermoso”. Pero cada uno tenía que volver a su realidad: él a su familia y Tere a trabajar.

No se besaron ese día. Apenas un abrazo largo y sentido. De esos que te parten los miedos y te besan el alma. Y apenas ella se subió al auto, le llegó el mensaje de la victoria: “Tenemos que repetir esto”.

Y así fue. Primero otro café, “que tampoco pasó nada”. Ya hablaban todos los días. Él le decía que estaba “retildado”, que quería volver a verla. Empezó a contarle más de su relación con su mujer. Que era un desastre, que ya no se hablaban, que no tenían relaciones sexuales, “que no nada” y que él estaba ahí porque sus hijos eran chicos, pero que tenía que tomar una decisión. “Recontraentusiasmado con ‘hay otra vida’, cómo es separarse, cómo es salir al mundo”. Y en paralelo ella se ilusionaba pensando: “Ah, este pibe se está separando de verdad”.

El próximo café fue en el consultorio de Pedro. “Y ahí empezamos a estar juntos”, define Tere la historia de nunca acabar. Esas bocas que hacía 35 años no se rozaban, volvieron a fusionarse como la arena y el mar. “Sentí mariposas en la panza. Fue amor total. No poder parar de decirnos, ‘Te amo’. Y él, que es re parco, me decía: ‘Tere, estoy enamorado de vos, te amo’”, recuerda ella con los ojos llenos de esperanza.

Después, citas furtivas. “Nuestros encuentros en su consultorio eran una felicidad total, el momento de la semana más hermoso”, se desvive ella por expresar con alegría auténtica. Caminatas. Mensajes interminables. Él se escapaba del hospital; le daba la mano en la calle. “Todavía no te separaste”, lo cuidaba ella. “No me importa nada”, juraba él.

Y, de pronto, Londres. A los pocos meses Pedro se iba a un congreso y le dijo: “Venite conmigo”. Viajaron juntos y pasaron una semana escondidos por las calles de los Beatles, “in love total”, viviendo una especie de luna de miel tardía. Se probaban anillos en la Tate Gallery, fantaseaban con casarse en la catedral de Saint Paul y caminaban por la ciudad londinense como dos adolescentes enamorados.

Ese tiempo también sirvió para los reproches. “Te recuerdo que la que me dejaste fuiste vos”, reclamaba él. Lo cual no era necesario porque ella se sigue pegando hasta el día de hoy: “¿Por qué hice eso tan impulsivo?”

En Londres todo fue amor. “Nos pasábamos el día diciéndonos ‘te amo’”. Él le mostraba departamentos donde imaginaba mudarse en Buenos Aires. Ella pensaba cómo reorganizar su casa para recibir a los hijos de él los fines de semana. “Un nivel de delirio total”.

Hasta que llegó el momento de volver a tierra. “Hablo con mi mujer y te llamo”, la tranquilizó él al despedirse en Ezeiza. Y antes de entrar a su casa familiar, prometió: “Lo único que quiero que sepas es que te amo a vos, no la amo más a ella, te amo a vos y me voy a separar”.

Tere estaba tan nerviosa que decidió salir a caminar por el vial costero de Vicente López mientras esperaba la llamada. No entendía bien si sus pies tocaban el piso porque se sentía flotando en un sueño maravilloso. De pronto, sonó el teléfono que anunciaría la noticia esperada. “No pude”, lloraba él, mientras la nube de Tere se esfumaba. Tuvo que sentarse en el primer banco que vio porque la piña fue mortal: “Me destruyó el corazón”, se quiebra agarrándose el pecho.

Cortaron. Ella le dijo que así no, que se merecía otra cosa, que no quiere ser su amante ni una celestina, que no lo iba a esperar. Él le dio la razón pero reconoció que no podía hacerlo. Intentaron cortar. Tere lo intenta con todas sus fuerzas. Pero no hay caso. Volvieron. Se alejaron otra vez. Y siempre vuelven. “Pero ya distinto… más triste”.

Fueron y vinieron, intentaron estar juntos miles de veces. (Foto ilustrativa generada con IA)
Fueron y vinieron, intentaron estar juntos miles de veces. (Foto ilustrativa generada con IA)

Así llevan cinco años. “Nos vemos muy de vez en cuando porque me hace mal”, dice, y rápido corrige: “Nos hacemos mal”. Él sigue casado. Ella ensaya convencerse de que merece otra historia.

“Tere, tenés que hacer tu vida; vos tenés derecho a rearmar tu vida aunque a mí me duela”, agita Pedro queriendo mostrar algo de humanidad en una manipulación encubierta. Ella sale con otros pero nadie le interesa porque tiene puesta su vida en él. Lo tiene idealizado. Le reclama que ya no la quiere más; y él apuesta que la sigue queriendo igual que siempre; que lo que siente está intacto, pero si se lo dice la va a lastimar. “Podríamos ser mejores amigos si no nos gustásemos tanto. A mí él me resulta muy irresistible”, confiesa. A veces pasan semanas sin verse. Otras vuelven a encontrarse y todo revive de inmediato. “Abrazarlo es sentir que estoy en casa”, se desarma Tere. Pero, tal vez, lo que no quiera entender es que también hay hogares que pueden hacer daño. Mucho daño.

Sus amigas en la desesperación de protegerla le dicen que “todos mienten, todos dicen lo mismo, todos los tipos son iguales”, pero Tere está convencida: “Yo a Pedro le creo, le creo que me ama a mí”, y al pronunciarlo se nota el gozo, simplemente de escuchar cómo suena lo emitido. En un acto de valentía ella atina a sugerirle que debe tener “mil amantes más” como ella. Y entonces vuelve a oír la pócima de la felicidad: “No hay chance de que yo esté con otra mina, no me interesa estar con otra mina. ¿Estás loca si pensás que yo puedo estar con otra mina? No soy un tipo que meta los cuernos”.

Pedro le repite que la ama. Ella le reprocha que no haya sido capaz de elegirla. Y en medio de ese amor suspendido, imposible y persistente, ambos siguen atrapados. Aunque en un punto Tere logra ver con los ojos de la verdad: “Él se ama a él. Y no está dispuesto a atravesar el sufrimiento que implica la pérdida”.

¿Por qué nos quedamos pegados a personas que racionalmente sabemos que no nos dejan avanzar?. Finalmente, por fin, Tere suelta lo esencial: “¿Sabés lo que me encanta de él? Que vea algo en mí que yo no veo. Él me dice todo el tiempo que soy la persona más inteligente y más hermosa que conoció en su vida. Y no puedo creer que alguien vea en mí eso. Eso me enamora de él. Lo que él ve en mí, que yo no lo siento”, dice abriendo todo su ser en carne viva.

Y quizás ahí, justamente ahí, esté el verdadero corazón de esta historia. No en Londres. No en los años perdidos. No en las promesas incumplidas. Sino en esa necesidad desesperada de sentirse mirada por alguien capaz de devolverle una versión de sí misma que ella sola no consigue ver. Pero como los buenos maestros, hay amores que vienen a hacernos crecer. Y se quedan e insisten hasta que aprendamos lo que la vida vino a marcarnos.

Fuente: TN

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