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El veredicto de la historia sobre la oratoria de la simulación

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La historia política de Occidente suele ser un teatro circular donde los mismos dramas, modificados apenas por las vestiduras de la época, se representan con una regularidad implacable. Cuatro siglos antes de nuestra era, las calles y los tribunales de Atenas fueron testigos de un duelo que excedió la mera disputa judicial para transformarse en una lección imperecedera sobre la naturaleza del poder, la palabra y la moral pública: el célebre enfrentamiento entre Demóstenes y Esquines. Aquella contienda no solo definió el destino de la polis, sino que dejó al descubierto el peligroso abismo que suele mediar entre la impostación discursiva de la virtud y la cruda realidad de las conductas privadas.
Esquines no era un político convencional; era un hombre que provenía del ámbito del teatro trágico, un actor profesional que sabía cómo modular la voz, cómo utilizar la solemnidad y cómo construir un personaje de pulcritud ciudadana que fascinaba a las audiencias. Desde la tribuna pública, erigido en el portavoz de la rectitud y en el implacable fiscal de los errores ajenos, dictaba cátedra de patriotismo y honestidad administrativa. Sin embargo, detrás de esa máscara perfecta de censor de la república, se escondía una verdad mucho más mundana y degradante. Fue Demóstenes quien se encargó de arrancar la careta al demostrar que el gran orador del purismo estaba, en realidad, financiado en las sombras por el oro extranjero del rey Filipo de Macedonia. La elocuencia del adalid moral no era más que una pieza de utilería al servicio de intereses inconfesables.
Este fenómeno, que la antigüedad clásica tipificó bajo el concepto original de la hipocresía —que en su origen griego significaba, precisamente, el acto de actuar o portar una máscara—, conserva en la actualidad una vigencia perturbadora. El escenario contemporáneo suele asistir a la entronización de voceros oficiales de la transparencia; personajes que, montados en la soberbia de un atril o en la fugacidad de las plataformas de comunicación, se autoperciben como fiscales morales de la sociedad. Distribuyen culpas, califican conductas con ligereza y pretenden clausurar debates complejos mediante el ejercicio diario del cinismo. El problema de estos constructores de relatos radica en que la realidad material es un tribunal inflexible. Cuando las inconsistencias patrimoniales, las zonas oscuras del pasado o las conductas incompatibles con el cargo que ostentan salen a la luz, el personaje público colapsa de forma instantánea bajo el peso de su propia contradicción.
El destino final de Esquines constituye una advertencia insoslayable para todos los que deciden transitar el camino de la simulación desde el ejercicio del Estado. Una vez que la polis comprendió que detrás de los discursos moralizantes se escondían los bolsillos flojos de papeles, el otrora aplaudido portavoz fue condenado irremediablemente al destierro, perdiendo toda legitimidad y dignidad pública.
La lección que perdura a través de los siglos es clara: la moralidad no es una propiedad que se agota en la brillantez de una frase ingeniosa ni en la impostación de una conducta virtuosa. Tarde o temprano, las máscaras caen. Y aquellos que hicieron de la simulación su principal herramienta de gobierno, terminan inexorablemente sepultados bajo el desprecio de la misma comunidad que alguna vez pretendieron adoctrinar.

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