La pandemia de coronavirus continúa y, más allá de que el control el riesgo sanitario persiste, ningún especialista se apura a cantar victoria: esa guerra está detenida, pero no ha terminado. Conviene tener la guardia en alto. Si bien en la Argentina, y en particular en nuestra provincia, el número de contagios ha bajado considerablemente -como consecuencia de los testeos limitados- y disminuyeron las víctimas fatales, lo que trajo alivio al sistema de salud y ofrece tranquilidad a la población, la realidad es que el peligro sigue latente. Habrá que ver cómo evoluciona la situación con la llegada de las estaciones más frías del año (otoño, invierno) que propician las enfermedades respiratorias. La prudencia aconseja no desandar tan rápido el camino de retorno a la normalidad; algunas medidas aplicadas durante la pandemia deberían mantenerse para evitar un rebrote que podría significar nuevos pesares.
Un caso para analizar en profundidad sin apuros, es el uso del tapabocas (o barbijo) que presta un servicio excepcional en la prevención no sólo contra el virus que produce la covid-19, sino también contra los distintos virus de la influenza. Quizás sea conveniente mantener todavía un tiempo más el barbijo como requisito indispensable para la convivencia en los lugares cerrados que son de ámbito público.
El sistema educativo que ha vuelto a la actividad con la modalidad presencial en todos sus niveles -desde el inicial hasta el universitario- es la mejor referencia para abordar el asunto y hallar una definición que resulte «saludable», nunca mejor utilizado el término.
La decisión del Gobierno escolar de la provincia es dejar de lado la utilización del barbijo tanto para alumnos como para docentes. Solo el tiempo, la llegada de las bajas temperaturas y una eventual suba de casos (de coronavirus o de otras patologías) nos dirán si la medida fue adecuada o no. Por ahora, solo resta esperar. Ojalá el futuro sea con buenas noticias.




